Cris Cam
Poeta adicto al portal
A Marta (1953 - 1994)
No sé donde se asía mi corazón.
En tus ojos verdes, en tu boca fucsia,
bucles rubirrojos,
blanca piel estrellada.
No sé.
Furia de tus pies inmóviles;
pero no dormidos.
Tu columna vencida.
Tu respiración consciente.
Me han preguntado tantas veces lo mismo.
Tus relatos de Pampa,
tu zaino en pelo,
infancia amarga,
esa tarde de invierno, fiebre, vómitos, 7 años.
No hubo hierros que atravesaran tu columna.
Sólo unos viejos compañeros de planeta;
que gustaban de tu mielina.
Una cápsula/cama,
atmósferas alternantes,
ritmo a tu tórax/niña.
No hubo colores estridentes,
para mostrar un grito de útero.
En el tuyo, una hija;
no mía, por supuesto,
que no te ha dado tributo de tu heroísmo.
¿Dónde residía el misterio de tu encanto?
¿Dónde los conjuros de tu hechizo?
Armstrong no la encontró en el polvo lunar.
Viernes exploró hasta la copa de la última palmera.
Cuasimodo golpeó todas las campanas.
Atila, dicen, lo descubrió en su última noche.
No en tu vientre,
ignorado por mí.
No en tu voz,
llena de ingeniosos brulotes.
No en tu fidelidad,
que nunca profesaste.
No en tu pasividad,
iras del resentimiento.
Y yo, destilando (decían) tu veneno de araña.
Y yo, de mi boca recitándote canciones,
(mis manos entre champú, peine, hebillas lila)
Y yo, penando por tus besos.
(Miseria material del pobre proletario,
no poder darte un hogar)
Cangreja de patas rotas,
manos torpes,
me pediste un beso
y me robaste el alma.
Alzar la vista al cielo,
encontrar la luna.
El mar.
Venus descansa entre dos palmeras.
Catedrales llamadas a silencio.
Pastos que nunca volverán a crecer.
Mi Frida/Marta de Constitución,
no hubo bandera sobre tu féretro,
ni una rosa, ni un poema.
Sólo un recuerdo
sobre el balcón de Parque Lezama.
No sé donde se asía mi corazón.
En tus ojos verdes, en tu boca fucsia,
bucles rubirrojos,
blanca piel estrellada.
No sé.
Furia de tus pies inmóviles;
pero no dormidos.
Tu columna vencida.
Tu respiración consciente.
Me han preguntado tantas veces lo mismo.
Tus relatos de Pampa,
tu zaino en pelo,
infancia amarga,
esa tarde de invierno, fiebre, vómitos, 7 años.
No hubo hierros que atravesaran tu columna.
Sólo unos viejos compañeros de planeta;
que gustaban de tu mielina.
Una cápsula/cama,
atmósferas alternantes,
ritmo a tu tórax/niña.
No hubo colores estridentes,
para mostrar un grito de útero.
En el tuyo, una hija;
no mía, por supuesto,
que no te ha dado tributo de tu heroísmo.
¿Dónde residía el misterio de tu encanto?
¿Dónde los conjuros de tu hechizo?
Armstrong no la encontró en el polvo lunar.
Viernes exploró hasta la copa de la última palmera.
Cuasimodo golpeó todas las campanas.
Atila, dicen, lo descubrió en su última noche.
No en tu vientre,
ignorado por mí.
No en tu voz,
llena de ingeniosos brulotes.
No en tu fidelidad,
que nunca profesaste.
No en tu pasividad,
iras del resentimiento.
Y yo, destilando (decían) tu veneno de araña.
Y yo, de mi boca recitándote canciones,
(mis manos entre champú, peine, hebillas lila)
Y yo, penando por tus besos.
(Miseria material del pobre proletario,
no poder darte un hogar)
Cangreja de patas rotas,
manos torpes,
me pediste un beso
y me robaste el alma.
Alzar la vista al cielo,
encontrar la luna.
El mar.
Venus descansa entre dos palmeras.
Catedrales llamadas a silencio.
Pastos que nunca volverán a crecer.
Mi Frida/Marta de Constitución,
no hubo bandera sobre tu féretro,
ni una rosa, ni un poema.
Sólo un recuerdo
sobre el balcón de Parque Lezama.