Publicado en www.mundoprosa.com hace años y escrito en el 2004.
MI PROPIO ASESINATO
Ayer estuve leyendo aquella conversación que tuvimos, tan cargada de sentimiento por mi parte, tan ligera y apresurada por la tuya. De aquella noche de abril hace ya casi dos años. Ahora al releerla, me doy cuenta que no fue sorpresiva, hacía tiempo que se venía gestando en ti aunque yo no quisiera verlo. Sé que en aquel momento era totalmente consciente de que esa noche era la última, tus excusas (tan débiles) no calaban en mi interior: me estabas abandonando y yo lo sabía.
No sé por qué no lo asimilé en el instante mismo en que se estaba produciendo.
Por el contrario, desde entonces, desde aquella noche, he desorbitado todos los sentimientos... tú sólo te fuiste y yo... yo me negué a aceptarlo.
Me puse e escribir desenfrenadamente y mi locura encontró así un cauce del que bebía cada día, cada noche..., tornándose mis letras alucinaciones permanentes de mi mente.
Sí, tienes razón, he perdido la cordura sin darme cuenta. Yo sola me he enclaustrado en este desolado laberinto, perfilado por mi propia imaginación. He llegado a creer que me leías, que me contestabas, que de alguna forma te seguía importando.
Sólo ha sido un deseo, un deseo desesperado por crear una atmósfera en la que te siguiera sintiendo, así he mantenido una historia, nuestra historia, aún sin estar tú ya en ella.
Cada noche acuno esta pena mía que no debí dejar que durara más que unos días, y este sentimiento se ha convertido en la sinrazón de mi existencia. He dejado que destruya mi alegría, mis ilusiones, mis sueños. He dejado que me atrapara. He dejado que me impida disfrutar de las cosas que me rodean, incluso he dejado que me enferme el cuerpo.
Hay matices sutiles de locura, formas íntimas que casi nadie ve; no están conformadas por grandes y deformes gestos, no conllevan ataques de llanto o histeria ni requieren internamiento. Son cortes de luz con el entendimiento que pasan desapercibidos entre los que te rodean, perciben quizás, inconscientemente, que te alejas poco a poco, pero no de forma abrupta, por eso casi no se dan cuenta.
Estando a medio metro de ellos construyes un universo, distinto y lejano, en el que de tanto sumergirte llegas a un momento en el que no puedes salir. Aun siendo consciente de que has roto el hilo que te unía a la realidad no puedes hacer nada. La vida está ahí, a tu lado, y tú fuera de ella, sin poder rozarla.
He perdido muchas cosas en este tiempo y, quizás, entre ellas, la pérdida menor fuiste tú.
Lo peor de todo es que no pierdo esta nitidez del pensamiento, soy consciente de que he quebrado el rumbo de mi vida y de que lo he hecho voluntariamente, también sé dónde está el camino de vuelta a la cordura y, sin embargo, no doy un paso hacia ella.
Ya nada importa. Yo sola me he estancado en el recuerdo de mis propios pensamientos, he colgado en un armario mis emociones y, con ellas, me he colgado en mi propio vacío cerrando la puerta para que nadie pueda ayudarme.
No, no eres culpable de lo que me pasa, tú sólo dejaste de quererme (si es que alguna vez me quisiste) pero eso no es ningún delito, el delito lo he cometido yo permitiendo que mi corazón dejara de latir.
Sí, soy culpable de mi propio asesinato y mis armas fueron sólo mi mente y mis poemas.
JULIA
2004
MI PROPIO ASESINATO
Ayer estuve leyendo aquella conversación que tuvimos, tan cargada de sentimiento por mi parte, tan ligera y apresurada por la tuya. De aquella noche de abril hace ya casi dos años. Ahora al releerla, me doy cuenta que no fue sorpresiva, hacía tiempo que se venía gestando en ti aunque yo no quisiera verlo. Sé que en aquel momento era totalmente consciente de que esa noche era la última, tus excusas (tan débiles) no calaban en mi interior: me estabas abandonando y yo lo sabía.
No sé por qué no lo asimilé en el instante mismo en que se estaba produciendo.
Por el contrario, desde entonces, desde aquella noche, he desorbitado todos los sentimientos... tú sólo te fuiste y yo... yo me negué a aceptarlo.
Me puse e escribir desenfrenadamente y mi locura encontró así un cauce del que bebía cada día, cada noche..., tornándose mis letras alucinaciones permanentes de mi mente.
Sí, tienes razón, he perdido la cordura sin darme cuenta. Yo sola me he enclaustrado en este desolado laberinto, perfilado por mi propia imaginación. He llegado a creer que me leías, que me contestabas, que de alguna forma te seguía importando.
Sólo ha sido un deseo, un deseo desesperado por crear una atmósfera en la que te siguiera sintiendo, así he mantenido una historia, nuestra historia, aún sin estar tú ya en ella.
Cada noche acuno esta pena mía que no debí dejar que durara más que unos días, y este sentimiento se ha convertido en la sinrazón de mi existencia. He dejado que destruya mi alegría, mis ilusiones, mis sueños. He dejado que me atrapara. He dejado que me impida disfrutar de las cosas que me rodean, incluso he dejado que me enferme el cuerpo.
Hay matices sutiles de locura, formas íntimas que casi nadie ve; no están conformadas por grandes y deformes gestos, no conllevan ataques de llanto o histeria ni requieren internamiento. Son cortes de luz con el entendimiento que pasan desapercibidos entre los que te rodean, perciben quizás, inconscientemente, que te alejas poco a poco, pero no de forma abrupta, por eso casi no se dan cuenta.
Estando a medio metro de ellos construyes un universo, distinto y lejano, en el que de tanto sumergirte llegas a un momento en el que no puedes salir. Aun siendo consciente de que has roto el hilo que te unía a la realidad no puedes hacer nada. La vida está ahí, a tu lado, y tú fuera de ella, sin poder rozarla.
He perdido muchas cosas en este tiempo y, quizás, entre ellas, la pérdida menor fuiste tú.
Lo peor de todo es que no pierdo esta nitidez del pensamiento, soy consciente de que he quebrado el rumbo de mi vida y de que lo he hecho voluntariamente, también sé dónde está el camino de vuelta a la cordura y, sin embargo, no doy un paso hacia ella.
Ya nada importa. Yo sola me he estancado en el recuerdo de mis propios pensamientos, he colgado en un armario mis emociones y, con ellas, me he colgado en mi propio vacío cerrando la puerta para que nadie pueda ayudarme.
No, no eres culpable de lo que me pasa, tú sólo dejaste de quererme (si es que alguna vez me quisiste) pero eso no es ningún delito, el delito lo he cometido yo permitiendo que mi corazón dejara de latir.
Sí, soy culpable de mi propio asesinato y mis armas fueron sólo mi mente y mis poemas.
JULIA
2004
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