Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Escribo con los nudillos rotos.
Con la lengua hecha trizas de tanto nombrarte sin decir tu nombre.
Mi último grito no lleva sonido,
es un papel arrugado en el fondo del pecho,
una carta que nadie leerá porque nadie sabe dónde dejé mi buzón.
Esta es mi última canción desesperada,
la que se canta en un andén sin trenes,
cuando ya no hay zapatos que corran detrás de nadie,
cuando la espera se volvió domicilio y el adiós dejó raíces en mi garganta.
Te hablo desde el hueco,
desde el rincón exacto donde los relojes ya no miden tiempo sino ausencia,
donde cada segundo es un espejo
y todos reflejan tu espalda alejándose.
No hay más versos que este,
ni más noche que esta.
Todo se ha ido volviendo eco,
como si el mundo solo supiera repetir la parte de mí que se quedó contigo.
Y sin embargo canto,
canto porque el silencio pesa más que tus olvidos,
porque hay algo en mí que no sabe morir en voz baja,
algo que grita aunque nadie lo escuche,
algo que todavía cree que una palabra —una sola—
puede salvarnos de la ruina.
Y si no me salvas tú,
que al menos me salve el poema,
con su música rota, con su corazón de tinta,
con su manera absurda de seguir buscándote
como si escribirte fuera también volver a respirarme.
Con la lengua hecha trizas de tanto nombrarte sin decir tu nombre.
Mi último grito no lleva sonido,
es un papel arrugado en el fondo del pecho,
una carta que nadie leerá porque nadie sabe dónde dejé mi buzón.
Esta es mi última canción desesperada,
la que se canta en un andén sin trenes,
cuando ya no hay zapatos que corran detrás de nadie,
cuando la espera se volvió domicilio y el adiós dejó raíces en mi garganta.
Te hablo desde el hueco,
desde el rincón exacto donde los relojes ya no miden tiempo sino ausencia,
donde cada segundo es un espejo
y todos reflejan tu espalda alejándose.
No hay más versos que este,
ni más noche que esta.
Todo se ha ido volviendo eco,
como si el mundo solo supiera repetir la parte de mí que se quedó contigo.
Y sin embargo canto,
canto porque el silencio pesa más que tus olvidos,
porque hay algo en mí que no sabe morir en voz baja,
algo que grita aunque nadie lo escuche,
algo que todavía cree que una palabra —una sola—
puede salvarnos de la ruina.
Y si no me salvas tú,
que al menos me salve el poema,
con su música rota, con su corazón de tinta,
con su manera absurda de seguir buscándote
como si escribirte fuera también volver a respirarme.