Old Soul
Poeta adicto al portal
Mis lágrimas no son como las tuyas,
Bukowski,
que las ahogas en un whisky
que meas después en cualquier esquina
tras haberte follado a alguna puta,
para que nadie te las note.
No, no son así,
pero tienen algo que ver con eso.
Estuvieron llenas de noches de drogas,
de putas y mamadas,
del absurdo de ver,
sin haber dormido,
dos veces amanecer,
sin estar en guerra.
De mal mirarme en el espejo,
y volver a drogarme.
De escribir poemas
en delírium trémens.
De sudar acostado a solas.
De vomitar constantemente.
Y de mearme en la cama.
De levantarme sólo por el coraje
de a la muerte no temerle.
Estuvieron llenas
de tus dependientes de ultramarinos,
de tus putas y de tus camareros.
Pero también están de mis vecinos,
de la gente del barrio,
de la puta que se enamoró de mí
en sólo una noche
y me pidió ser su hombre
cuando la dejaba en su casa,
de aquella vez
que otro y yo
le dimos dos besos a la madame,
la cual quedó tan encantada
que se nos puso mimosa
y nos dijo,
para nuestras carcajadas,
que no nos los cobraba.
Están llenas de las risas
de la vez que mandamos a uno
a ligarse una rubia despampanante
y se la morreo delante de todos,
hasta que se dio cuenta que no era “aquella”
sino “aquel”
y de su vergüenza no lo vimos en semanas.
Están llenas hasta de aquella vez
que una mafia me perdonó la vida,
y gracias a ello dejé de vender coca.
Están llenas de mi vida.
¿Y sabes, Charles?
No es tan mala.
P.S.: Espero que descanses en paz, Charles, y que, allá donde estés, no te falte el whisky, ni los cigarrillos, ni tus putas, ni ese Mac que te regaló tu hija, para que sigas escribiendo.
Bukowski,
que las ahogas en un whisky
que meas después en cualquier esquina
tras haberte follado a alguna puta,
para que nadie te las note.
No, no son así,
pero tienen algo que ver con eso.
Estuvieron llenas de noches de drogas,
de putas y mamadas,
del absurdo de ver,
sin haber dormido,
dos veces amanecer,
sin estar en guerra.
De mal mirarme en el espejo,
y volver a drogarme.
De escribir poemas
en delírium trémens.
De sudar acostado a solas.
De vomitar constantemente.
Y de mearme en la cama.
De levantarme sólo por el coraje
de a la muerte no temerle.
Estuvieron llenas
de tus dependientes de ultramarinos,
de tus putas y de tus camareros.
Pero también están de mis vecinos,
de la gente del barrio,
de la puta que se enamoró de mí
en sólo una noche
y me pidió ser su hombre
cuando la dejaba en su casa,
de aquella vez
que otro y yo
le dimos dos besos a la madame,
la cual quedó tan encantada
que se nos puso mimosa
y nos dijo,
para nuestras carcajadas,
que no nos los cobraba.
Están llenas de las risas
de la vez que mandamos a uno
a ligarse una rubia despampanante
y se la morreo delante de todos,
hasta que se dio cuenta que no era “aquella”
sino “aquel”
y de su vergüenza no lo vimos en semanas.
Están llenas hasta de aquella vez
que una mafia me perdonó la vida,
y gracias a ello dejé de vender coca.
Están llenas de mi vida.
¿Y sabes, Charles?
No es tan mala.
P.S.: Espero que descanses en paz, Charles, y que, allá donde estés, no te falte el whisky, ni los cigarrillos, ni tus putas, ni ese Mac que te regaló tu hija, para que sigas escribiendo.
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