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Morirse de nada

Gonvedo

Poeta asiduo al portal
He pensado en la muerte por largo tiempo.
He sentido la penumbra de su inesperada cercanía.
He visto su huidiza figura en la inerte pupila del espejo.
Me han conmovido su venerable palidez y la largura de su hueso,
su boca sin sonrisa y el vacío insomne de sus ojos.
Vino a mí aquel invierno, que siguió a otros inviernos,
y quiso distinguirme con su silenciosa compañía.
Se aferró a mí con la ciega voluntad
del que se entrega fieramente aun en la derrota.
Para entonces mi cuerpo era fiebre encarcelada,
parteluz de aquel mismo fuego tenuemente adormecido.
Era mi corazón un cuelmo sofocado en la cuenca de su mano,
apenas lívida memoria en el rastro de la herida.
Me pareció que yo no era más real que mi anfitriona,
así de fugaz era el recuerdo que tenía de mi mismo.
Ella empezó a ocupar mi espacio, a hacer suyos mis gestos,
mas para noviembre cayó la máscara del sueño y mayo florecía.
Por un instante la vi partir llevada por un viento de humo y hojarasca.
Dejé atrás el silencio, volví como cadáver a mi cuerpo,
una mueca del dolor de aquellos días, pero renací
en el desconsolado verano de mi ausencia.
De nuevo estoy aquí muriéndome de nada para vivir más tiempo.
 
Tal parece que hubieras pasado una temporada en la UCI contagiado del COVID 19, la parca te estuvo rondando de cerca más tuvo que irse defraudada. Espero que solo sea un poema sin afección personal.

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He pensado en la muerte por largo tiempo.
He sentido la penumbra de su inesperada cercanía.
He visto su huidiza figura en la inerte pupila del espejo.
Me han conmovido su venerable palidez y la largura de su hueso,
su boca sin sonrisa y el vacío insomne de sus ojos.
Vino a mí aquel invierno, que siguió a otros inviernos,
y quiso distinguirme con su silenciosa compañía.
Se aferró a mí con la ciega voluntad
del que se entrega fieramente aun en la derrota.
Para entonces mi cuerpo era fiebre encarcelada,
parteluz de aquel mismo fuego tenuemente adormecido.
Era mi corazón un cuelmo sofocado en la cuenca de su mano,
apenas lívida memoria en el rastro de la herida.
Me pareció que yo no era más real que mi anfitriona,
así de fugaz era el recuerdo que tenía de mi mismo.
Ella empezó a ocupar mi espacio, a hacer suyos mis gestos,
mas para noviembre cayó la máscara del sueño y mayo florecía.
Por un instante la vi partir llevada por un viento de humo y hojarasca.
Dejé atrás el silencio, volví como cadáver a mi cuerpo,
una mueca del dolor de aquellos días, pero renací
en el desconsolado verano de mi ausencia.
De nuevo estoy aquí muriéndome de nada para vivir más tiempo.
Un triste suceso y percepción.
Espero que no haya sido una vivencia.

Saludos
 
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