Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
MÚSICA
Termina escondiendo su voracidad de oídos.
No todo es la necesidad de la sal en la costumbre de los días,
ni la desmemoria ese territorio impalpable para la dicha o para el miedo.
Todo sonido lleva el hábito de días infecundos
atrapados por la voracidad
de quien cree escuchar un latir de campanadas en la puerta de su casa,
de astrolabios que ambicionan la ruta de las proles,
el rezo salmodioso que abarca los confines
de un orbe inconexo.
Acaba y reinicia su muchedumbre de algazaras.
Acaba y reinicia trenzando los labios
de quien se presume
es al augur de los presentes;
pero nadie lo escucha,
nadie lo indaga
para deleitarse
en su perdida mirada
busacando infatigable
desde donde derramar ese odre melodioso
que a sorbos la ausencia bebía.
Termina escondiendo su voracidad de oídos.
No todo es la necesidad de la sal en la costumbre de los días,
ni la desmemoria ese territorio impalpable para la dicha o para el miedo.
Todo sonido lleva el hábito de días infecundos
atrapados por la voracidad
de quien cree escuchar un latir de campanadas en la puerta de su casa,
de astrolabios que ambicionan la ruta de las proles,
el rezo salmodioso que abarca los confines
de un orbe inconexo.
Acaba y reinicia su muchedumbre de algazaras.
Acaba y reinicia trenzando los labios
de quien se presume
es al augur de los presentes;
pero nadie lo escucha,
nadie lo indaga
para deleitarse
en su perdida mirada
busacando infatigable
desde donde derramar ese odre melodioso
que a sorbos la ausencia bebía.
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