Luis Felipe Ortiz
Poeta recién llegado
Soporto este dolor lento
consolándome con la idea
de que nada es eterno
y el calor de este infierno
con el frescor
de anheladas alegrías.
Los dedos acarician ansiosos
los gatillos,
la muerte acecha
escondida en los senderos
el paso del primer incauto.
El cielo está lleno de santos,
quizás ocupados
en sus sagrados oficios;
unciéndole los pies al altísimo,
cantándole los salmos.
Llevo este dolor general
como cosa mía.
El espacio que se me ha concedido
es demasiado grande
para mis realidades
e insuficiente para mis utopías.
Sufro este dolor inmenso
consolándome con la idea
de que nada es eterno
y el ardor de este infierno
con la frescura de mis fantasías.
consolándome con la idea
de que nada es eterno
y el calor de este infierno
con el frescor
de anheladas alegrías.
Los dedos acarician ansiosos
los gatillos,
la muerte acecha
escondida en los senderos
el paso del primer incauto.
El cielo está lleno de santos,
quizás ocupados
en sus sagrados oficios;
unciéndole los pies al altísimo,
cantándole los salmos.
Llevo este dolor general
como cosa mía.
El espacio que se me ha concedido
es demasiado grande
para mis realidades
e insuficiente para mis utopías.
Sufro este dolor inmenso
consolándome con la idea
de que nada es eterno
y el ardor de este infierno
con la frescura de mis fantasías.