Évano
Libre, sin dioses.
Paseaba la lluvia de la tarde
la vereda de un río y sus meandros.
El viento voleaba una hojarasca
que acudía a los pasos de mi rostro.
Un revuelo de nubes alocadas
jugaban a pintar de claroscuros
la corriente que el río me mostraba.
Intenté desnudarme de lo humano,
abandonar mis carnes y mis huesos;
mas yo era una vida de este mundo,
un no apto para el reino de los cielos.
Se deshizo el escudo de mi ego
al comprobar que soy uno de tantos,
un humano que ve tras el cristal
cuando Dios nos declama su poesía.
la vereda de un río y sus meandros.
El viento voleaba una hojarasca
que acudía a los pasos de mi rostro.
Un revuelo de nubes alocadas
jugaban a pintar de claroscuros
la corriente que el río me mostraba.
Intenté desnudarme de lo humano,
abandonar mis carnes y mis huesos;
mas yo era una vida de este mundo,
un no apto para el reino de los cielos.
Se deshizo el escudo de mi ego
al comprobar que soy uno de tantos,
un humano que ve tras el cristal
cuando Dios nos declama su poesía.
Última edición: