NiñaSanctuary
Poeta adicto al portal
Nadie con quien hablar.
Excepto tú, que no me entiendes.
Que minimizas mis emociones
al grado de decir simplemente que estoy loca.
Nadie. Los amigos se han ido.
Por una u otra razón, no lo son más.
Y tal vez así es mejor,
porque no supieron guardar secretos.
Nadie con quien hablar,
con quien desenrollar mis disparates.
Nadie que me los extienda, como una goma de mascar,
y que después me los ordene en la cabeza,
por grado de irracionalidad.
Y yo... ¡Yo con tantas ganas!
¡Que han pasado a ser necesidad!
De abrir la boca para comentar
lo triste y sola que me siento,
lo abandonada que me tienen,
lo aburrida que ya estoy
de la vida, de la rutina,
de la sequedad de mi ser.
Tan triste, que ya me da igual
si duermo o respiro,
si vas a venir o ya te vas;
tan estancada en el mismo hoy
desde hace meses,
desmotivada y renuente
porque ya nadie está
para mí.
Sólo tú, que no me entiendes,
que me cuestionas a cada momento
poniendo tu cara de descontento,
de confusión,
de incredulidad y desaprobación.
¿Por qué eso? ¿Por qué aquello?
No comprendo, ¿cómo es posible?
¡Yo qué sé!
¡Sólo es lo que siento!
Y te echas a reír...
Y me dices que con quien tengo que hablar
es con Dios...
¡Por dios!
Y mi piano, iracundo suena.
Desesperanzada me vuelvo,
entre sus acordes, a refugiar.
Entre los versos de una canción,
que también ya es obsoleta,
vocaliza y entona, aislada y
a media voz, mi soledad.
Y nadie me escucha,
más que el vecino gruñón que quiere dormir.
Y me detengo, porque no tiene caso.
Porque el silencio revela que ya no hay nadie,
que he caído de nuevo en un absurdo circular.
Tan sola en esto, como cualquier vagabundo,
que vive en su inmundicia delirando,
para no morir agonizando en su realidad.
Solo tú, que ahora duermes.
Solo estás tú.
Mientras este insomnio prolonga despiadado,
las horas en el país de mi vacuidad.
Excepto tú, que no me entiendes.
Que minimizas mis emociones
al grado de decir simplemente que estoy loca.
Nadie. Los amigos se han ido.
Por una u otra razón, no lo son más.
Y tal vez así es mejor,
porque no supieron guardar secretos.
Nadie con quien hablar,
con quien desenrollar mis disparates.
Nadie que me los extienda, como una goma de mascar,
y que después me los ordene en la cabeza,
por grado de irracionalidad.
Y yo... ¡Yo con tantas ganas!
¡Que han pasado a ser necesidad!
De abrir la boca para comentar
lo triste y sola que me siento,
lo abandonada que me tienen,
lo aburrida que ya estoy
de la vida, de la rutina,
de la sequedad de mi ser.
Tan triste, que ya me da igual
si duermo o respiro,
si vas a venir o ya te vas;
tan estancada en el mismo hoy
desde hace meses,
desmotivada y renuente
porque ya nadie está
para mí.
Sólo tú, que no me entiendes,
que me cuestionas a cada momento
poniendo tu cara de descontento,
de confusión,
de incredulidad y desaprobación.
¿Por qué eso? ¿Por qué aquello?
No comprendo, ¿cómo es posible?
¡Yo qué sé!
¡Sólo es lo que siento!
Y te echas a reír...
Y me dices que con quien tengo que hablar
es con Dios...
¡Por dios!
Y mi piano, iracundo suena.
Desesperanzada me vuelvo,
entre sus acordes, a refugiar.
Entre los versos de una canción,
que también ya es obsoleta,
vocaliza y entona, aislada y
a media voz, mi soledad.
Y nadie me escucha,
más que el vecino gruñón que quiere dormir.
Y me detengo, porque no tiene caso.
Porque el silencio revela que ya no hay nadie,
que he caído de nuevo en un absurdo circular.
Tan sola en esto, como cualquier vagabundo,
que vive en su inmundicia delirando,
para no morir agonizando en su realidad.
Solo tú, que ahora duermes.
Solo estás tú.
Mientras este insomnio prolonga despiadado,
las horas en el país de mi vacuidad.
Última edición: