1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el cuarto número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

    !!!Te va a encantar, no te la pierdas!!!

    Cerrar notificación

Nana Muerte

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 6 de Febrero de 2026 a las 6:46 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 5

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

    Se incorporó:
    30 de Junio de 2006
    Mensajes:
    781
    Me gusta recibidos:
    663
    Género:
    Hombre
    Es mi destino, y acaso mi maldición, poner por escrito lo que ningún ser humano debería conocer; pero si el silencio ha de ser mi tumba, que al menos lleve conmigo la verdad que aún quema mi alma con fuego más frío que el hielo. Escribo estas líneas en la más profunda noche de enero de 1862, cuando la escarcha cubre los cristales de mi ventana como sudario, y el viento gime como un niño abandonado. Mi nombre ya no importa; llámenme tan sólo la Narradora de lo Inefable.

    En los suburbios más miserables de Londres, donde las calles se estrechan hasta convertirse en venas negras de la ciudad, y el Támesis helado (pues el invierno de aquel año fue el más cruel que recuerde la memoria de los hombres) reflejaba una luna pálida y desangrada, ocurrió el suceso que aún me persigue en sueños.

    Era una callejuela sin nombre, un lugar al que ni los mendigos osaban llegar, pues hasta la desesperación tiene su orgullo. Allí, acurrucada contra un muro que rezumaba humedad como lágrimas perpetuas, yacía una mujer de rostro tan consumido que parecía esculpido en cera funeraria. En su regazo dormía un niño de no más de tres años, envuelto en una manta tan raída que apenas merecía tal nombre. La madre, pues madre era, aunque la vida la había despojado de todo salvo de aquel último tesoro, mecía al pequeño con un movimiento apenas perceptible, como si temiera que incluso el aire pudiera arrebatárselo.

    Yo, la Muerte (pues así debo nombrarme ahora, aunque tiemble la pluma al hacerlo), caminaba aquella noche por la Tierra, no con la guadaña ni la capucha que los hombres han imaginado para consolarse, sino en forma de sombra más negra que la noche misma, aquella que te pisa los talones.

    Mi lista estaba completa; los nombres de los destinados ya habían sido pronunciados en el silencio eterno. Pero aquella mujer no figuraba en ella. Mas al verla, al contemplar la miseria que la rodeaba (el hambre que había hundido sus ojos, la fiebre que ardía en sus labios agrietados, el llanto seco que ya no brotaba), sentí algo que nunca antes había conocido: una piedad tan profunda que rayaba en la pena.

    «Nadie la extrañará», pensé. «Su sufrimiento es tan grande que incluso la nada sería misericordia». Y así, sin que mi mandato lo exigiera, me acerqué.

    Ella sintió mi presencia antes de verme. Un hormigueo ascendió por sus miembros agotados; su pecho se oprimió como si una mano de hielo lo apretara. Alcé la voz (no voz de mujer ni de hombre, sino el chirrido de todas las tumbas abiertas):

    —Hoy he venido por ti.

    Su corazón, obediente por primera vez en años, cesó.

    Sus brazos se aflojaron. La manta resbaló. El niño quedó al descubierto, con su carita pálida iluminada por la luna cruel.

    Y entonces lo vi.

    En el instante en que la madre expiró, el pequeño abrió los ojos (unos ojos de un azul tan puro que parecían robados al cielo de un mundo que ya no existía) y lanzó un grito. No era llanto de frío ni de hambre; era el grito de quien comprende, con la sabiduría terrible de los inocentes, que ha sido abandonado para siempre.

    Yo, que he segado reyes y mendigos, que he cerrado los ojos de niños en cunas de oro y en esteras de paja, retrocedí. Por primera vez en la eternidad retrocedí.

    El niño lloraba con los ojos cerrados de nuevo, como si el mundo fuera demasiado horrendo para ser contemplado. Y yo (¡oh, cielo implacable!), yo me arrodillé en el fango helado y tomé al pequeño en mis brazos incorpóreos. Sentí su calor, ese calor que nunca proveré, y lloré lágrimas que no eran lágrimas, sino fragmentos de noche que caían sobre su rostro.

    «¿Qué he hecho?», grité al firmamento estrellado, que guardó un silencio más cruel que cualquier respuesta. «Le he dado la paz a la madre… ¡y he condenado al hijo a la más absoluta soledad!».

    Desde aquella noche, cargo con él. Los hombres no me ven cuando paso por las calles, pero el niño sí. Duerme en mis brazos invisibles mientras camino entre las sombras. Lo mezo cuando el viento aúlla. Le canto nanas que son lamentos de heridas abiertas. He jurado (yo, que nunca juré nada) protegerlo de todo mal… excepto del que yo misma le causé.

    A veces, en las noches más oscuras, lo deposito con suavidad en el umbral de alguna casa donde sé que habrá pan y fuego. Mas siempre, antes del alba, el niño despierta llorando y extiende sus bracitos hacia la oscuridad, buscándome. Y yo vuelvo a tomarlo, porque ¿quién sino la Muerte puede ser ahora su madre?

    He aprendido lo que ningún ser debería aprender: que hay destinos peores que morir. Que la piedad mal entendida puede ser el más refinado de los tormentos. Que hay crímenes que ni siquiera el tiempo borrará. Y así, hasta que el niño crezca (si es que los protegidos por la Muerte pueden crecer), o hasta que yo encuentre el modo de devolverle lo que le quité, seguiré vagando por las calles heladas, con un niño dormido en mis brazos y una culpa que pesa más que todos los mundos.

    Duerme, duerme, pequeño mío.
    Duerme, aunque la que te mece
    Sea la misma que mató a tu madre.
    Duerme, duerme, pequeño mío.
    En este mundo tan cruel
    Ya no tienes a nadie…

    Salvo a la Muerte,
    Que cuida tu sueño
    Y que nunca, nunca,
    Podrá ser perdonada.
    Duerme, pequeño,
    Que tu nana, te ama.
     
    #1

Comparte esta página