Melissa Hdez
Poeta recién llegado
A orillas del pantanoso río
la llorosa náyade canta,
mientras sus finos cabellos
se van hundiendo en el agua.
Tiene los labios mustios
y pesadez en las pestañas,
envuelven su frágil cuerpo
vaporosas prendas blancas.
Qué le pasará a la náyade
que está rota y congelada,
que duerme entre el musgo
y no le brilla la mirada.
Las hojas marchitas del río
me hacen llegar sus palabras:
"¡Ay, ojalá pudiera salir,
cómo quisiera tener alas,
ojalá pudiera elevarme
y volar hacia las ramas!
Yo no quiero ser náyade,
yo soñé con ser un hada
para rodearme de flores
y convertirme en luz dorada".
La melancólica náyade
a la sombra del río canta
como si los verdes álamos
supieran cómo escucharla.
Su silueta se difumina
en el espesor de la ciénaga
donde se pierde su cabello
y no se oyen sus palabras.
Me asomo a la orilla
pero allí ya no hay nada,
ni su cuerpo, ni su rostro,
ni aquella enredosa mirada.
Era como si su reflejo
se lo hubiera llevado el agua.
Nunca más volví a saber de ella,
ni en las noches de Luna clara.
A veces pienso que fue un sueño,
otras veces, quizá, un fantasma.
Pero muchas personas dicen
que allí todavía está su alma,
y que han visto su figura
con bellas alas en la espalda.
Quizá por fin echó a volar,
quizá nunca salió del agua,
lo único que quedó de ella
fueron sus finas prendas blancas
Enlace a este poema: http://unanochenevada.blogspot.com.es/2017/02/nayade.html
la llorosa náyade canta,
mientras sus finos cabellos
se van hundiendo en el agua.
Tiene los labios mustios
y pesadez en las pestañas,
envuelven su frágil cuerpo
vaporosas prendas blancas.
Qué le pasará a la náyade
que está rota y congelada,
que duerme entre el musgo
y no le brilla la mirada.
Las hojas marchitas del río
me hacen llegar sus palabras:
"¡Ay, ojalá pudiera salir,
cómo quisiera tener alas,
ojalá pudiera elevarme
y volar hacia las ramas!
Yo no quiero ser náyade,
yo soñé con ser un hada
para rodearme de flores
y convertirme en luz dorada".
La melancólica náyade
a la sombra del río canta
como si los verdes álamos
supieran cómo escucharla.
Su silueta se difumina
en el espesor de la ciénaga
donde se pierde su cabello
y no se oyen sus palabras.
Me asomo a la orilla
pero allí ya no hay nada,
ni su cuerpo, ni su rostro,
ni aquella enredosa mirada.
Era como si su reflejo
se lo hubiera llevado el agua.
Nunca más volví a saber de ella,
ni en las noches de Luna clara.
A veces pienso que fue un sueño,
otras veces, quizá, un fantasma.
Pero muchas personas dicen
que allí todavía está su alma,
y que han visto su figura
con bellas alas en la espalda.
Quizá por fin echó a volar,
quizá nunca salió del agua,
lo único que quedó de ella
fueron sus finas prendas blancas
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