Enrique Romero
Poeta recién llegado
Vivo, azul recuerdo que te has ido
marchante hacia los montes colorados.
Llevas contigo aquél diamante granate,
prisma con el que turnas el día a la noche.
Me enferma esta noche ardiente,
posa en mí la fiebre de tu recuerdo.
-------------------------------------------------
Ah... no alimentes
al lobo que te engullirá pronto,
pero ¿por qué te acercas,
por qué lo acaricias
y le besas la frente,
y lo embelesas con tu olor remanente
de verano y durazno vivo?
No temes su maldad desenfrenada
sólo eres tú quien no huye
cuando se le caen todas las máscaras:
ves su verdadero rostro
áspero y fisurado por las grietas del tiempo.
Lo besas con un amor verdadero
que el en cambio aborrece.
Llenas su calendario, programas fechas
cuando él ni siquiera quiere verte.
Desfogas tu corazón, abres ante él tu piel.
Y el apenas te percibe.
Te ve cercana y te siente tan distante,
cambió el filtro nostálgico con el que solía mirarte,
y ahora solo eres,
un artilugio del pasado del que no quiere saber.
Oprimes tu corazón, y lo haces sangrar
con los alfileres de tus lamentos.
¿Crees que llorará por ti?
A medianoche entildada del aguacero
desplazó tus estatuas a la sombra inquebrantable,
y llegando después de diez días errantes
escanció a la luna sus sórdidas hieles.
Naufragó entre las dos líneas del tiempo,
vagó en la muerte y se deshizo de sus cruces,
asesinándose en ella y difuminándose en la arena,
así renunció a todo lo que podía encadenarle.
Oprimes tu corazón, muchacha de ojos ágatas
en los que se vislumbra el desencanto,
están enterrados bajo el manto funebre del rechazo.
Lloras la lágrimas que el ya lloró,
y ya no siente más que la espuma sobre la arena,
la brisa oceánica, la lenta música de los arroyos…
En vano, muchacha de ojos tristes,
todo lo hiciste en vano!
marchante hacia los montes colorados.
Llevas contigo aquél diamante granate,
prisma con el que turnas el día a la noche.
Me enferma esta noche ardiente,
posa en mí la fiebre de tu recuerdo.
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Ah... no alimentes
al lobo que te engullirá pronto,
pero ¿por qué te acercas,
por qué lo acaricias
y le besas la frente,
y lo embelesas con tu olor remanente
de verano y durazno vivo?
No temes su maldad desenfrenada
sólo eres tú quien no huye
cuando se le caen todas las máscaras:
ves su verdadero rostro
áspero y fisurado por las grietas del tiempo.
Lo besas con un amor verdadero
que el en cambio aborrece.
Llenas su calendario, programas fechas
cuando él ni siquiera quiere verte.
Desfogas tu corazón, abres ante él tu piel.
Y el apenas te percibe.
Te ve cercana y te siente tan distante,
cambió el filtro nostálgico con el que solía mirarte,
y ahora solo eres,
un artilugio del pasado del que no quiere saber.
Oprimes tu corazón, y lo haces sangrar
con los alfileres de tus lamentos.
¿Crees que llorará por ti?
A medianoche entildada del aguacero
desplazó tus estatuas a la sombra inquebrantable,
y llegando después de diez días errantes
escanció a la luna sus sórdidas hieles.
Naufragó entre las dos líneas del tiempo,
vagó en la muerte y se deshizo de sus cruces,
asesinándose en ella y difuminándose en la arena,
así renunció a todo lo que podía encadenarle.
Oprimes tu corazón, muchacha de ojos ágatas
en los que se vislumbra el desencanto,
están enterrados bajo el manto funebre del rechazo.
Lloras la lágrimas que el ya lloró,
y ya no siente más que la espuma sobre la arena,
la brisa oceánica, la lenta música de los arroyos…
En vano, muchacha de ojos tristes,
todo lo hiciste en vano!