Sommbras
Poeta adicto al portal
Ninguna prisa, ninguna prisa.
Oh, aquella nube parece su boca, si esta noche en sus labios quisiera enseñarme de sus besos algunas estrellas nuevas
Debería levantarme y caminar sobre esta playa, recoger mis ojos abandonados en sus ojos, pero me quedo quieto, hurgan mis dedos la arena, delicia acariciar arena tierna. No debería quedarme quieto, porque ella deserta de los que no levantan polvo al caminar, también de los que no creen en el día y prefieren la noche, huye de los poetas jardineros, parecería que su beso equivale al precio de una rosa en Barcelona, pero no.
Anoche, besándonos me decía: no aprietes, resta tranquilo, ninguna prisa, ninguna prisa, porque nadie pudo, ningún labio puede, domar los besos que llueven el alma.
Y me inundó la lluvia. Y no supe qué hacer. Decidí quedarme. Y sentir.
Terminó nuestro beso, y allí seguía la luna sin piernas, con su misma falda de lunares destellantes.
Esta noche, sigo haciendo estelas con mi índice en la arena, y ahora que la nombro, escribo su nombre, pero sin la hache.
Aquellas estrellas de la guitarra llevan luz en sus brazos. Sufro en su ausencia, esta noche, mar y brisa y playa pintan la oscuridad, tal milagro en mi rostro su beso coloreó.
A lo lejos se oye un grupo de personas que se aproximan, debo de levarme, salir de acá, lo hago, una tras otra la arenilla de mis manos se derrumba, apagadas están ya las palmeras, está en venta la casa, ay, donde hurtamos los melocotonares, ella tendría que saberlo.
Sus muslos sigilosos, la elipsis de su boca, virgen de pechos vírgenes, sombra ella de humo que cruzó mis cielos, aquella nube, tan deprisa todo, tan deprisa, sus labios rojos, el fuego en su furiosa permanencia, si esta noche viniera y el silencio de su ausencia se rasgase en dos gritos antes de besarnos
Chus
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Oh, aquella nube parece su boca, si esta noche en sus labios quisiera enseñarme de sus besos algunas estrellas nuevas
Debería levantarme y caminar sobre esta playa, recoger mis ojos abandonados en sus ojos, pero me quedo quieto, hurgan mis dedos la arena, delicia acariciar arena tierna. No debería quedarme quieto, porque ella deserta de los que no levantan polvo al caminar, también de los que no creen en el día y prefieren la noche, huye de los poetas jardineros, parecería que su beso equivale al precio de una rosa en Barcelona, pero no.
Anoche, besándonos me decía: no aprietes, resta tranquilo, ninguna prisa, ninguna prisa, porque nadie pudo, ningún labio puede, domar los besos que llueven el alma.
Y me inundó la lluvia. Y no supe qué hacer. Decidí quedarme. Y sentir.
Terminó nuestro beso, y allí seguía la luna sin piernas, con su misma falda de lunares destellantes.
Esta noche, sigo haciendo estelas con mi índice en la arena, y ahora que la nombro, escribo su nombre, pero sin la hache.
Aquellas estrellas de la guitarra llevan luz en sus brazos. Sufro en su ausencia, esta noche, mar y brisa y playa pintan la oscuridad, tal milagro en mi rostro su beso coloreó.
A lo lejos se oye un grupo de personas que se aproximan, debo de levarme, salir de acá, lo hago, una tras otra la arenilla de mis manos se derrumba, apagadas están ya las palmeras, está en venta la casa, ay, donde hurtamos los melocotonares, ella tendría que saberlo.
Sus muslos sigilosos, la elipsis de su boca, virgen de pechos vírgenes, sombra ella de humo que cruzó mis cielos, aquella nube, tan deprisa todo, tan deprisa, sus labios rojos, el fuego en su furiosa permanencia, si esta noche viniera y el silencio de su ausencia se rasgase en dos gritos antes de besarnos
Chus
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