No hay quien no cante grácil armonía
a la voz amorosa que nos llama,
no hay quien se aleje de la selva umbría
si no ha sentido a Dios que por él clama.
¡Cómo me he sumergido con Tu aroma
de celestial fragancia y de cuidado
cuando en el alba de mi rezo asoma
en un huerto de flores cultivado!
Y el devoto se aleja de natura,
ya los ojos del cuerpo se han cerrado;
la mirada del alma se perdura,
absorta en lo profundo del llamado
que Dios nos ha prendido tan adentro
del alma y del amor sobre su centro.