No Ser

Juan Oriental

Poeta que considera el portal su segunda casa
He observado, a lo largo de mi vida común, esa actitud,
ese afán-poder de dios pequeño, que ponemos los hombres
por sentirnos ‘algo’ antes de morir. ‘Algo’, que yo mismo intenté ser,
(sin mucho entusiasmo) y abandoné casi de inmediato, inspirado
y conforme por el existir sencillo (actitud con la cual me marginé, creo,
social, afectiva y no sé si no, humanamente: “Tanto tienes, tanto vales”).

Así, he venido viviendo lo posible
e imaginando lo imposible como mío, pero sin envidia.
Experimentando, como muchos, en este tragicómico mundo:
la primera muerte de alguien querido, el primer cigarro,
el primer traje, los primeros bailes, el primer amor,
el primer desengaño, las primeras copas, el primer trabajo,
el primer despido, la desocupación, la incertidumbre, la depresión
y lo que es peor, la insalvable realidad de los menos.

Y lo que es peor todavía, el tener la inteligencia de saber
“cómo es la mano” y no poder ser malvado, un poquito no más;
no poder tirar el honor y al honor donde cuadre.
¡Hacer añicos los escrúpulos! ¡Prenderles fuego! Ir al psiquiatra
a descargar el 'hijoputismo’ y seguir lucrando a lomo y sangre,
propia y ajena, ¡caiga quien caiga, sufra quien sufra!
¡Muera (menos yo) quien muera! Para tener lo que tienen
ciertos ‘dioses’ de ahora, ‘empresarios’ de la noche a la mañana.

Pero no: El gil, eligió ser camaleón de un sólo color
y solapado cazador de emociones propias y ajenas: un ‘poeta’
y malo, ergo: ¡nada! en opinión de la ambición y mía propia.
¿Qué puedo conseguir, bohemio, semiculto y “seco”?
Entonces, me tomé la vida por este lado: en broma conmigo mismo
para no tener que ‘embromar’ ni matar a nadie.

Con estos escrúpulos, sólo me resta seguir soñando, sin esperanzas
de alcanzar la cúspide social, o “mamarme bien mamao”
de vez en cuando, como dice el tango, para conseguir ‘eso’ que
por derecha, sobriamente, nunca jamás se alcanza: El inhumano
poder que al corrupto no le importa cuánto envilece, y que a veces,
sólo a veces, mata a quien lo ostenta (un cabrón cada mil inocentes).

De este mi modo, tampoco será como se debe proceder, pero,
¿de qué me sirve vivir creyéndome un superado, si al fondo silvestre
de mi instinto, solapados, advierto mis piolines de marioneta?


 
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