esthergranados
Poeta adicto al portal
Otra vez esos sonidos. Otra vez el miedo creciendo dentro de mí. Otra vez mi cuerpo encogido y arrebujado debajo de las mantas, con la cabeza tapada para no escuchar cómo respiran agitadamente ahí fuera, en este lugar tan alejado de todo donde vine a desconectar del mundo hostil en el que vivía. Oigo al viento soplando con furia, como si se hubiese aliado con ellos para fustigarme y recordarme que estoy a su merced. Los escucho acercarse, sus pasos sonando cada vez más próximos a esa puerta que cierro con llave todas las noches desde que llegué a esta casa que se ha convertido en mi cárcel, mi martirio, mi última guarida, porque sé que no voy a sobrevivir a su crueldad. Conocen mi desesperación, olfatean mi miedo. Les gusta este juego en el que saben que van a ganar. No tienen prisa. Saborean complacidos el tiempo de descuento que me conceden. Me acosan, me intimidan, estrechan cada vez más un círculo que me oprime y me impide respirar. Durante el día están fuera y puedo moverme por la casa libremente, pero no me permiten salir al exterior. Parecen nobles y pacíficos, y son muy hermosos, aunque tienen ese tipo de belleza salvaje que a mí siempre me ha inquietado y que hace que no pueda detenerme a mirarlos con minuciosidad sin que me aterren sus ojos de carbón, su pelo negro como una noche sin luna, su aspecto fiero cuando fijan su mirada retadora en mí. Al atardecer, se van agrupando lentamente y escucho sobrecogida, en medio de un silencio sepulcral, sonidos espeluznantes que flotan en el aire y se multiplican con el eco, mientras observo sus siluetas poderosas recortándose sobre la tenue luz del ocaso. Cuando el sol desaparece y el paisaje se puebla de sombras, esa legión de seres cautelosos se acerca a la puerta mientras esperan indiferentes a que corra a encerrarme en la habitación. Cierro los ojos desesperada, pero sigo viendo sus rostros perversos. Incluso en la soledad de esta celda en la que me protejo de ellos, me recuerdan que me están esperando. Empiezo a sudar, encogida bajo el peso de las mantas, y sin embargo tiemblo de frío y de miedo mientras extrañamente mi cuerpo arde. Me tapo los oídos. No quiero escuchar sus resuellos, ni el crujido desconcertante de la madera bajo sus pasos. Sólo quiero dormir, sólo quiero morir. Abandonarme a un sueño en el que no aparezcan, escapar de las tinieblas donde ahora habito. Escapar del horror.