Belbet
Poeta recién llegado
La boca de los tiempos se agiganta en la noche
y hacia el fondo las calles son portales sombríos.
Aventurarse en ellas es cruzar el misterio
que guardan las penumbras, tras sus muros impíos.
Camino hacia el suburbio con pasos implacables,
y mi mente estructura su caprichosa senda.
Voy como los cortejos hacia los funerales,
a cumplir con un rito que viene de leyenda.
La noche es infinita y en mi alma se echa,
el miedo majestuoso como bestia jadeante.
Se agazapa en la sangre que golpea en las sienes,
y acompasa en el pecho, cual potro galopante.
Las luces extraviadas de lejanas viviendas,
me acechan como ojos de monstruos milenarios.
Sigo hacia el sur despacio, y el terror me hipnotiza,
exaltando mi mente con montones de espantos.
No hay campanas de iglesias, ni albergues amistosos.
La noche se ha cerrado, como un gran mausoleo.
Ya no sé si estoy vivo, el campo es un esbozo,
no hay luna, no oigo grillos, ni croar, ni siseo.
A tientas por el polvo en un hueco me tiendo.
El miedo me supera, como en los cementerios
el vivo se repliega con el paso cansino
resistiendo el momento de enfrentar el misterio.
Pero al final me rindo, mi existencia es incierta.
Sólo sé lo que siento y de un modo engañoso.
En el húmedo lecho me quedo acurrucado
esperando el destino, añorando el reposo.
El sol crece entibiando las húmedas moradas,
y su calor se llega a mi lecho de hojas.
La odisea nocturna se disipa en el claro,
y el temor se ha esfumado con las últimas sombras.
La boca de la vida sonríe en la mañana,
y hacia el fondo las calles son portales soleados.
Aventurarse en ellas es entrar a un banquete,
a compartir con otros todo lo cotidiano.-
y hacia el fondo las calles son portales sombríos.
Aventurarse en ellas es cruzar el misterio
que guardan las penumbras, tras sus muros impíos.
Camino hacia el suburbio con pasos implacables,
y mi mente estructura su caprichosa senda.
Voy como los cortejos hacia los funerales,
a cumplir con un rito que viene de leyenda.
La noche es infinita y en mi alma se echa,
el miedo majestuoso como bestia jadeante.
Se agazapa en la sangre que golpea en las sienes,
y acompasa en el pecho, cual potro galopante.
Las luces extraviadas de lejanas viviendas,
me acechan como ojos de monstruos milenarios.
Sigo hacia el sur despacio, y el terror me hipnotiza,
exaltando mi mente con montones de espantos.
No hay campanas de iglesias, ni albergues amistosos.
La noche se ha cerrado, como un gran mausoleo.
Ya no sé si estoy vivo, el campo es un esbozo,
no hay luna, no oigo grillos, ni croar, ni siseo.
A tientas por el polvo en un hueco me tiendo.
El miedo me supera, como en los cementerios
el vivo se repliega con el paso cansino
resistiendo el momento de enfrentar el misterio.
Pero al final me rindo, mi existencia es incierta.
Sólo sé lo que siento y de un modo engañoso.
En el húmedo lecho me quedo acurrucado
esperando el destino, añorando el reposo.
El sol crece entibiando las húmedas moradas,
y su calor se llega a mi lecho de hojas.
La odisea nocturna se disipa en el claro,
y el temor se ha esfumado con las últimas sombras.
La boca de la vida sonríe en la mañana,
y hacia el fondo las calles son portales soleados.
Aventurarse en ellas es entrar a un banquete,
a compartir con otros todo lo cotidiano.-
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