En la penumbra de su alma herida,
caminaba un joven con sueños deshechos,
la esperanza en sus ojos se extinguía,
como la luna se oculta en reflejos.
Entre risas y voces, él parecía brillar,
rodeado de amigos, de amor y de paz,
pero en su corazón, un vacío abismal,
una tristeza oculta que no puede explicar.
Nunca tuvo el valor de decirle lo que siente,
su corazón encadenado, en silencio doliente.
Verla reír por las estupideces que dice,
era la única luz en su vida, la única brisa.
Me mira, yo la miro, y aunque creo que ambos sabemos lo que sentimos,
no nos escribimos, y en ese silencio, morimos.
Cada mirada era un susurro, un latido,
pero nunca, nunca, nos dijimos lo que sentimos.
En la multitud, su risa resonaba,
un eco vacío en un alma quebrada,
aunque querido por todos, su mente vagaba,
en sueños de un amor que no se declaraba.
Él, cobarde en su tristeza infinita,
envió a otro para declararle su amor,
y en el acto perdió la última chispa,
de esperanza y de valor.
Ella, perpleja, no supo qué decir,
y en la confusión, un vacío sin fin,
su amor verdadero, en silencio, quedó,
y él, en la sombra, solo se lamentó.
Así pasaron los días, los meses, los años,
dos almas perdidas en un mar de engaños,
el amor que no fue, que nunca nació,
y en la tristeza, su espíritu murió.
Pero en la penumbra, un rayo de luz,
una chispa de esperanza en su triste cruz,
pues aunque vacío, aún puede cambiar,
y tal vez un día, se atreva a hablar.
La vida, cruel, le mostró su lección,
en el espejo de la desesperación,
que el amor no declarado es un tormento,
pero quizás aún haya tiempo para un nuevo intento.
En su pecho late un deseo sutil,
de romper las cadenas y ser más gentil,
y aunque el futuro es incierto y sombrío,
quizás, solo quizás, encuentre alivio.
caminaba un joven con sueños deshechos,
la esperanza en sus ojos se extinguía,
como la luna se oculta en reflejos.
Entre risas y voces, él parecía brillar,
rodeado de amigos, de amor y de paz,
pero en su corazón, un vacío abismal,
una tristeza oculta que no puede explicar.
Nunca tuvo el valor de decirle lo que siente,
su corazón encadenado, en silencio doliente.
Verla reír por las estupideces que dice,
era la única luz en su vida, la única brisa.
Me mira, yo la miro, y aunque creo que ambos sabemos lo que sentimos,
no nos escribimos, y en ese silencio, morimos.
Cada mirada era un susurro, un latido,
pero nunca, nunca, nos dijimos lo que sentimos.
En la multitud, su risa resonaba,
un eco vacío en un alma quebrada,
aunque querido por todos, su mente vagaba,
en sueños de un amor que no se declaraba.
Él, cobarde en su tristeza infinita,
envió a otro para declararle su amor,
y en el acto perdió la última chispa,
de esperanza y de valor.
Ella, perpleja, no supo qué decir,
y en la confusión, un vacío sin fin,
su amor verdadero, en silencio, quedó,
y él, en la sombra, solo se lamentó.
Así pasaron los días, los meses, los años,
dos almas perdidas en un mar de engaños,
el amor que no fue, que nunca nació,
y en la tristeza, su espíritu murió.
Pero en la penumbra, un rayo de luz,
una chispa de esperanza en su triste cruz,
pues aunque vacío, aún puede cambiar,
y tal vez un día, se atreva a hablar.
La vida, cruel, le mostró su lección,
en el espejo de la desesperación,
que el amor no declarado es un tormento,
pero quizás aún haya tiempo para un nuevo intento.
En su pecho late un deseo sutil,
de romper las cadenas y ser más gentil,
y aunque el futuro es incierto y sombrío,
quizás, solo quizás, encuentre alivio.