Nostalgia invernal

¿Sabes, Poeta? Aquí jamás nieva (o "neva"... de tan poco familiarizado con la nieve, ni siquiera sé bien cómo se conjuga en castellano aquello de "nevar"). Mi experiencia con la nieve se reduce a una historia que leí de Hans Cristian Andersen "La reina de las nieves", en que la citada reina transformó a Kay en un niño de hielo al congelar su corazón en el palacio de las nieves, y Kay solo pudo ser salvado por su heroica hermana. Si me he equivocado en algo, es porque la última vez que leí esa historia, bajo el cielo tropical de mi país, tenía once años de edad.

Luego vi nieve, una sola vez, en el "Pico Espejo", en los Andes Venezolanos; y vi a gente jugando a tener vidas que habían visto en televisión y cine... haciendo muñecos de nieve (era un poco tragicómico, porque había nieve pero no tanta, y entonces tenían que conformarse con hacer muñequitos pequeños, como de 50 centímetros, que parecían enanos frente a los que uno había visto que hace la gente de los países donde sí nieva... o neva). Y lo que recuerdo más es el frío terrible que rodeaba aquel paraje, y la atmósfera ligera, que hacía que todos termináramos enfermos, vomitando, bajo el llamado "mal de páramo". Mis ganas tremendas de salir de ese infierno helado y no volver más nunca a él.

Pero entiendo que bajo una pena amarilla... amarilla como las hojas que caen, o como las luces nocturnas de los pueblos pequeños y recónditos... amarillas como el tapiz de flores murientes que dejan a su pie los desnudos araguaneyes de mayo... entiendo, pues, que la nieve debe servir para de alguna manera congelar, o enterrar la pena.

Que vaya, pues, la nieve, a borrar, cristal sobre cristal, tu pena. Entre tanto, desde la madrugada venezolana te envío un silencioso saludo cordial. Escribes de manera hermosa, y perdona el cliché; estoy seguro de que te lo habrán dicho muchas veces.
 
¿Sabes, Poeta? Aquí jamás nieva (o "neva"... de tan poco familiarizado con la nieve, ni siquiera sé bien cómo se conjuga en castellano aquello de "nevar"). Mi experiencia con la nieve se reduce a una historia que leí de Hans Cristian Andersen "La reina de las nieves", en que la citada reina transformó a Kay en un niño de hielo al congelar su corazón en el palacio de las nieves, y Kay solo pudo ser salvado por su heroica hermana. Si me he equivocado en algo, es porque la última vez que leí esa historia, bajo el cielo tropical de mi país, tenía once años de edad.

Luego vi nieve, una sola vez, en el "Pico Espejo", en los Andes Venezolanos; y vi a gente jugando a tener vidas que habían visto en televisión y cine... haciendo muñecos de nieve (era un poco tragicómico, porque había nieve pero no tanta, y entonces tenían que conformarse con hacer muñequitos pequeños, como de 50 centímetros, que parecían enanos frente a los que uno había visto que hace la gente de los países donde sí nieva... o neva). Y lo que recuerdo más es el frío terrible que rodeaba aquel paraje, y la atmósfera ligera, que hacía que todos termináramos enfermos, vomitando, bajo el llamado "mal de páramo". Mis ganas tremendas de salir de ese infierno helado y no volver más nunca a él.

Pero entiendo que bajo una pena amarilla... amarilla como las hojas que caen, o como las luces nocturnas de los pueblos pequeños y recónditos... amarillas como el tapiz de flores murientes que dejan a su pie los desnudos araguaneyes de mayo... entiendo, pues, que la nieve debe servir para de alguna manera congelar, o enterrar la pena.

Que vaya, pues, la nieve, a borrar, cristal sobre cristal, tu pena. Entre tanto, desde la madrugada venezolana te envío un silencioso saludo cordial. Escribes de manera hermosa, y perdona el cliché; estoy seguro de que te lo habrán dicho muchas veces.
Increíble devolución, agradezco el tiempo y la pasión
 
¿Sabes, Poeta? Aquí jamás nieva (o "neva"... de tan poco familiarizado con la nieve, ni siquiera sé bien cómo se conjuga en castellano aquello de "nevar"). Mi experiencia con la nieve se reduce a una historia que leí de Hans Cristian Andersen "La reina de las nieves", en que la citada reina transformó a Kay en un niño de hielo al congelar su corazón en el palacio de las nieves, y Kay solo pudo ser salvado por su heroica hermana. Si me he equivocado en algo, es porque la última vez que leí esa historia, bajo el cielo tropical de mi país, tenía once años de edad.

Luego vi nieve, una sola vez, en el "Pico Espejo", en los Andes Venezolanos; y vi a gente jugando a tener vidas que habían visto en televisión y cine... haciendo muñecos de nieve (era un poco tragicómico, porque había nieve pero no tanta, y entonces tenían que conformarse con hacer muñequitos pequeños, como de 50 centímetros, que parecían enanos frente a los que uno había visto que hace la gente de los países donde sí nieva... o neva). Y lo que recuerdo más es el frío terrible que rodeaba aquel paraje, y la atmósfera ligera, que hacía que todos termináramos enfermos, vomitando, bajo el llamado "mal de páramo". Mis ganas tremendas de salir de ese infierno helado y no volver más nunca a él.

Pero entiendo que bajo una pena amarilla... amarilla como las hojas que caen, o como las luces nocturnas de los pueblos pequeños y recónditos... amarillas como el tapiz de flores murientes que dejan a su pie los desnudos araguaneyes de mayo... entiendo, pues, que la nieve debe servir para de alguna manera congelar, o enterrar la pena.

Que vaya, pues, la nieve, a borrar, cristal sobre cristal, tu pena. Entre tanto, desde la madrugada venezolana te envío un silencioso saludo cordial. Escribes de manera hermosa, y perdona el cliché; estoy seguro de que te lo habrán dicho muchas veces.
Mi amor por decirlo hacia la nieve se traduce en los tantos años vividos en países invernales y gélidos, con 35 grados bajo cero y muñecos de nieve...
 
Última edición:
Mi pena es amarilla
Amarilla como las hojas que caen
Amarilla como las hojas que mueren.

Mi alma en pena
Se regocija en esta nostalgia
La nieve no cae de las rosas blancas.

Ay! cuánto quisiera que nieva!
Buenos días
Unas lindas letras para una mañana preciosa
Gracias por ponerlas
Un saludo
 

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