El frío aceleró la desnudez de la glicina,
desapareció de mi vista
su amarillo intenso,
esparció sus gruesas lágrimas por el aire,
y se movía incesante
su largo esqueleto arrimándose al muro.
Sólo mis ojos quedaron perdidos en la calle,
mientras mi cuerpo se asía con fuerza
junto al sillón y la mesa.
Prendida del calor de la casa
mi alma se expandía serena,
recorría una a una
las líneas de mi libro,
y partía de tarde en tarde
su paseo
para lanzar mi mirada hacia el frío
contemplando el baile del laurel,
que, sostenido en la baranda,
se asoma una y otra vez al vacío,
asiéndose constantes sus raíces
a la maceta que lo tiene prendido.
La noche tapa la terraza,
la lluvia impregna sin tino sus ladrillos,
observo su brillo gris,
y agradezco el calor de mi casa
que me hace ver la calle solitaria,
como un cuadro pintado en el invierno
en un salón aislado.
Dejo dormirse los colores en mi cuarto,
no enciendo la luz de la mesita,
absorbiendo la tenue claridad de la llovizna,
que sin ruido entra en la ventana.
Se resbalan las horas muy despacio,
se pierde el tiempo entre las páginas
que apenas distingo en mis manos,
y me aíslo junto con el reloj parado,
deslizándome como el agua
en el suelo de la terraza.
desapareció de mi vista
su amarillo intenso,
esparció sus gruesas lágrimas por el aire,
y se movía incesante
su largo esqueleto arrimándose al muro.
Sólo mis ojos quedaron perdidos en la calle,
mientras mi cuerpo se asía con fuerza
junto al sillón y la mesa.
Prendida del calor de la casa
mi alma se expandía serena,
recorría una a una
las líneas de mi libro,
y partía de tarde en tarde
su paseo
para lanzar mi mirada hacia el frío
contemplando el baile del laurel,
que, sostenido en la baranda,
se asoma una y otra vez al vacío,
asiéndose constantes sus raíces
a la maceta que lo tiene prendido.
La noche tapa la terraza,
la lluvia impregna sin tino sus ladrillos,
observo su brillo gris,
y agradezco el calor de mi casa
que me hace ver la calle solitaria,
como un cuadro pintado en el invierno
en un salón aislado.
Dejo dormirse los colores en mi cuarto,
no enciendo la luz de la mesita,
absorbiendo la tenue claridad de la llovizna,
que sin ruido entra en la ventana.
Se resbalan las horas muy despacio,
se pierde el tiempo entre las páginas
que apenas distingo en mis manos,
y me aíslo junto con el reloj parado,
deslizándome como el agua
en el suelo de la terraza.