Noviembre

María Baena

Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
El frío aceleró la desnudez de la glicina,

desapareció de mi vista

su amarillo intenso,

esparció sus gruesas lágrimas por el aire,

y se movía incesante

su largo esqueleto arrimándose al muro.


Sólo mis ojos quedaron perdidos en la calle,

mientras mi cuerpo se asía con fuerza

junto al sillón y la mesa.


Prendida del calor de la casa

mi alma se expandía serena,

recorría una a una

las líneas de mi libro,

y partía de tarde en tarde

su paseo

para lanzar mi mirada hacia el frío

contemplando el baile del laurel,

que, sostenido en la baranda,

se asoma una y otra vez al vacío,

asiéndose constantes sus raíces

a la maceta que lo tiene prendido.


La noche tapa la terraza,

la lluvia impregna sin tino sus ladrillos,

observo su brillo gris,

y agradezco el calor de mi casa

que me hace ver la calle solitaria,

como un cuadro pintado en el invierno

en un salón aislado.


Dejo dormirse los colores en mi cuarto,

no enciendo la luz de la mesita,

absorbiendo la tenue claridad de la llovizna,

que sin ruido entra en la ventana.


Se resbalan las horas muy despacio,

se pierde el tiempo entre las páginas

que apenas distingo en mis manos,

y me aíslo junto con el reloj parado,

deslizándome como el agua

en el suelo de la terraza.
 

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