Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
ODA AL MAIZ
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Ocre, amarillo, rojo y oro
Oro de los campos de Tenochtitlan
Y de los de más al norte
Oro de todos los campos del mundo
Oro de todas las mesas del mundo
De las mesas hambrientas
De las mesas sedientas
De las cargadas de pasiones
De las cargadas de pobreza
Con manteles rotos
Llenas de algunas ausencias
Algunas de tus ausencias
Donde tú oro carnoso
Oro más apetecible que los de una mina
Porque esos oros tan duros y fríos
De destellos privados
No pueden saciar el hambre
Ni recrear la lengua
Ni la garganta
Dónde tú oro de los campos
Pasas esporádicamente por esos manteles
Raídos de pobres luces
Y de fríos que se cuelan
Por rendijas verticales
De algunas maderas salvadas
De alguna fogata de playa
Y cuando pasa son Navidades
Son asuetos tronantes
Días que iluminan esos rostros
Curtidos de lejanías
De tantas lejanías
Oro de campo, de amarillo de oro
Carne vegetal de también como es lógico
De las mesas de vértigo barroco
Oro de las mesas de los ghettos plomos
A la vera del gran río
El río silente
Que sin dejar vestigio
Baña el artificio filigrana
Y de brocado
De los corsets de nuestro siglo
De sus luces fosforescentes
Y tú, maíz, humilde
Con esa humildad de tuya
De tu ocre
Y de ese amarillo de infantes pájaros
Te paseas
Sin aspavientos
Satisfaciendo todas esas mesas
De los palacios de sueños truncados
Y de los de mármol
Que el amor hace eternos
Áurea sustancia que prensada en sus hojas
Eres el manjar más exquisito
Que anhela desde los cielos
Probar Dios
O bien mueres desgarrado de tu raíz
Por los incisivos que fabrican guerras
Oro dorado en bandejas
Y navegante de aguas calientes
Y apetitosas
O bien tirado a las aves de la tierra
Alimento de todos los patriarcados
De todas los imperios
De los reinos modernos
Que aún subsisten con sus coronas
Que afirmas sus vientres
Sus pasos y amores
Y más: sus recurrentes odios
Sus puñales y escupitajos
Maná de éste siglo
Que ha durado seiscientos siglos
Bocado celeste
De estas alas terrestres
De estas alas invisibles
Que por aletear tan rápido
No las atrapa la luz
Bocado de almas famélicas
Y fantasmales
Y de los brazos que trastornan los montes
Grano profano
Santificado en siglos distante a la cruz
Por un enviado
De quien no te ha probado ... Jesús
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Ocre, amarillo, rojo y oro
Oro de los campos de Tenochtitlan
Y de los de más al norte
Oro de todos los campos del mundo
Oro de todas las mesas del mundo
De las mesas hambrientas
De las mesas sedientas
De las cargadas de pasiones
De las cargadas de pobreza
Con manteles rotos
Llenas de algunas ausencias
Algunas de tus ausencias
Donde tú oro carnoso
Oro más apetecible que los de una mina
Porque esos oros tan duros y fríos
De destellos privados
No pueden saciar el hambre
Ni recrear la lengua
Ni la garganta
Dónde tú oro de los campos
Pasas esporádicamente por esos manteles
Raídos de pobres luces
Y de fríos que se cuelan
Por rendijas verticales
De algunas maderas salvadas
De alguna fogata de playa
Y cuando pasa son Navidades
Son asuetos tronantes
Días que iluminan esos rostros
Curtidos de lejanías
De tantas lejanías
Oro de campo, de amarillo de oro
Carne vegetal de también como es lógico
De las mesas de vértigo barroco
Oro de las mesas de los ghettos plomos
A la vera del gran río
El río silente
Que sin dejar vestigio
Baña el artificio filigrana
Y de brocado
De los corsets de nuestro siglo
De sus luces fosforescentes
Y tú, maíz, humilde
Con esa humildad de tuya
De tu ocre
Y de ese amarillo de infantes pájaros
Te paseas
Sin aspavientos
Satisfaciendo todas esas mesas
De los palacios de sueños truncados
Y de los de mármol
Que el amor hace eternos
Áurea sustancia que prensada en sus hojas
Eres el manjar más exquisito
Que anhela desde los cielos
Probar Dios
O bien mueres desgarrado de tu raíz
Por los incisivos que fabrican guerras
Oro dorado en bandejas
Y navegante de aguas calientes
Y apetitosas
O bien tirado a las aves de la tierra
Alimento de todos los patriarcados
De todas los imperios
De los reinos modernos
Que aún subsisten con sus coronas
Que afirmas sus vientres
Sus pasos y amores
Y más: sus recurrentes odios
Sus puñales y escupitajos
Maná de éste siglo
Que ha durado seiscientos siglos
Bocado celeste
De estas alas terrestres
De estas alas invisibles
Que por aletear tan rápido
No las atrapa la luz
Bocado de almas famélicas
Y fantasmales
Y de los brazos que trastornan los montes
Grano profano
Santificado en siglos distante a la cruz
Por un enviado
De quien no te ha probado ... Jesús
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