Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Tus ojos verdes no miran: atraviesan.
Van de frente, como quien rompe la tarde para inventar otra.
En ellos hay selva, río, locura,
y un brillo que no sabe si curar o condenar.
Cuando me miras, me desarmo.
No hay defensa posible ante ese incendio que no quema,
esa promesa muda de eternidad que no cumple.
Tus ojos verdes me mienten con ternura,
me hacen creer en milagros que no existen,
y aún sabiendo que me engañan, los busco como un ciego al sol.
A veces pienso que no son tuyos,
que el universo los olvidó en tu rostro
para recordar que la belleza puede doler.
Y sí, duelen tus ojos,
como duele lo que se ama demasiado tarde,
como duele el recuerdo de algo que nunca fue.
Si los cierro, sigo viéndolos.
Porque tus ojos verdes no se van,
se quedan en mí, creciendo como un poema sin final.
Van de frente, como quien rompe la tarde para inventar otra.
En ellos hay selva, río, locura,
y un brillo que no sabe si curar o condenar.
Cuando me miras, me desarmo.
No hay defensa posible ante ese incendio que no quema,
esa promesa muda de eternidad que no cumple.
Tus ojos verdes me mienten con ternura,
me hacen creer en milagros que no existen,
y aún sabiendo que me engañan, los busco como un ciego al sol.
A veces pienso que no son tuyos,
que el universo los olvidó en tu rostro
para recordar que la belleza puede doler.
Y sí, duelen tus ojos,
como duele lo que se ama demasiado tarde,
como duele el recuerdo de algo que nunca fue.
Si los cierro, sigo viéndolos.
Porque tus ojos verdes no se van,
se quedan en mí, creciendo como un poema sin final.