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Orfeo (En redacción)

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Mr.Hellmet, 7 de Diciembre de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 214

  1. Mr.Hellmet

    Mr.Hellmet Poeta recién llegado

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    Un pequeño prologo: Hacía casi un año que me había propuesto, motivado por lo que consideraba un olvido muy generalizado a nivel literario de este mito en el mundo antiguo, escribir una obra de teatro basada en la historia de Orfeo. El hecho de que ninguna tragedia griega (que nos haya llegado integra por lo menos) narrase semejante historia me dolía, pues siempre me ha fascinado por diversos motivos; desde luego su aspecto romántico, pero sobre todo, el psicológico ¿Por que giro Orfeo la cabeza, como lo hizo la mujer de Lot? Siempre fue ese hecho el que más me intrigó, y no tanto la catábasis en busca de la amada. Con esto, espero que el lector entienda que decidí escribir esta obra tratando de imitar el estilo de las antiguas tragedias griegas, obviando la parte del coro y otros aspectos formales y tratándola como una obra de teatro normal, si bien intentando mantener el lirismo y la solemnidad de la prosa antigua que tanto me gusta; si he llegado a conseguirlo o me he quedado en la mera pedantería serán ustedes quienes deberán determinarlo. También conviene indicar que se hacen muchas alusiones a mitos y leyendas de la Grecia antigua, que pueden dificultar un poco la lectura a quien no esté muy familiarizado con ellas, si bien no creo que resulte un problema.
    En un inicio el proyecto no paso de más de 500 palabras, pero hace unas semanas lo he retomado y he completado el primer acto. Si todo va tal como lo planeo, la obra debería componerse en total de 5 actos, siendo el ultimo significativamente más corto que los anteriores. Espero que la obra guste y si alguien tiene algo que comentar al respecto, no dude en hacerlo.




    ACTO I

    Orfeo, Merope​

    Ha caído la noche sobre cabo Ténaro, en la región de Laconia y las estrellas brillan intensamente en el firmamento recortando la maltrecha silueta de Orfeo. Sobre él se enfrentan la figura del cazador, maza de bronce en mano, con la del bravo toro que arremete en furiosas envestidas y tras este, a lo lejos, como si tratasen de esconderse, se aprecia el brillo de siete astros que titilan tímidamente. Sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas y profiriendo ligeros sollozos, nuestro héroe ha retozado en su desesperación durante tiempo indefinido, con su aurea lira reposando en la maleza a escasos metros de él. En cierto momento, se incorpora y elevando la vista hacia el cielo estrellado, entona estas palabras.

    ORFEO: ¡Ay de mí! Escuchad mis lamentos, oh pléyades que fulgurantes flotáis en el discreto éter, iluminando la bóveda celeste y a todo aquel que bajo esta se encuentra. Vosotras, que habiendo criado al Dios Dioniso, conocéis acerca de la locura y el delirio más que cualquier otro, escuchad los arrebatos a los que la desesperación ha llevado a este pobre desgraciado; vosotras, hijas de Atlante, bajad de la uránica morada sujetada por vuestro padre y ofreced vuestros augustos oídos para estas miseras palabras; vosotras, oh sempiternas fugitivas, descended y ofrecedme algo de reposo, pues he peregrinado desde mi hogar en la lejana Tracia para llevar a cabo una misión que muchos tacharían de locura: adentrarme en las profundidades del Tártaro, lugar al que todo hombre va pero del que ninguno regresa, para hacerle una petición al dios del inframundo.

    No hace mucho que yo viva alegre en mi tierra natal en compañía de mí amada Eurídice, ninfa de cabellos de oro y ojos de cristal. Mas un día, Aristeo, hijo de mí mismo padre y patrón de los ganaderos, quiso apoderarse de mi amada y la persiguió como el perro persigue a la oveja fugitiva que busca alejarse del rebaño. Ella, negándose a ser sometida a voluntad ajena, huyo del guardián de las abejas por los montes en los que habitábamos, buscando proteger su honra y su libertad. Pero ¡ay! cruel destino, que quiso que, en plena huida, la desafortunada Euridice pisara una discreta aspid de mortal picadura y viéndose atacada por el desafortunado pie de la ninfa, hincara sus colmillos en su blanquecino tobillo provocándole la muerte. Cuando yo llegue a encontrar su cuerpo, aun goteaba el rocío carmesí de las heridas ocasionadas por la mordedura, si bien ya ennegrecida y espesa, indicando que la vida había abandonado el cuerpo que se encontraba tendido ante mi. La sujete entre mis brazos y trate, con todos los recursos que disponía, de evitar su fatal destino; mas todo fue en vano, pues de mi padre tan solo herede los dones de la música, siendo los de la medicina legados a otro de sus hijos. Y pese a que mi canto es capaz de domar a las fieras mas indómitas y apaciguar hasta a la más colérica de las criaturas, no es capaz de revivir a los muertos. ¡Que cruel ironía! Al son de mi lira, las piedras, inertes e insensibles, me mueven conmovidas por mi música, los arboles se zarandean siguiendo el ritmo de mis acordes y hasta los ríos y los arroyos cesan de fluir, para que el sonido de sus aguas no opaque el de mis cantos ¡Y pudiendo dar vida a todo aquello que nunca la tuvo, soy incapaz de devolvérsela a quien su momento la poseyó! Fue por esto que descendí hasta las regiones más meridionales de la Hélade, donde se encuentran las puertas que conducen al Hades, decidido a reclamar al dios que habita en el subsuelo que me devuelva a mi amada, que tan injustamente me fue arrebatada, por los deseos egoístas de un hombre.

    Pero es aquí, ante las puertas del abismo que me derrumbo y dudo acerca de si lo que estoy haciendo es posible. ¿Quién no ha sentido alguna vez la parálisis que nos embarga cuando, aguijoneados por el dardo de la duda, la indecisión nos impide realizar cualquier movimiento? ¿Quién no ha sentido el miedo que nace de la incertidumbre, la angustia que nos produce lo desconocido? ¿No os carcomería a vosotros también la duda si os encontraseis ante las puertas del abismo y estuvieseis pensando en arrojaros, sin saber si podréis volver? ¿No sentís como Tántalo un gran peso pendiendo sobre vosotros amenazando con aplastaros? ¡Ah! Quien podría, en ese caso, levantar la cabeza y mirar a la adversidad de frente… Pues tan pronto como me convenzo a mi mismo del poder de mi lira, observo los peligros que me esperan en ese subterráneo lugar y todas mis fuerzas desaparecen ¿Qué hacer? Es ardua la empresa que me propongo realizar y nunca nadie antes ha conseguido llevarla a cabo con éxito ¿Podra un simple rapsoda, armado tan solo con su lira, superar aquellos obstáculos que ni los mayores héroes consiguieron evitar?

    Son estos los pensamientos que me acosan y por los cualeshe decidido pedir vuestro consejo, pues no consigo decidirme a actuar o a desistir. Por ello suplico vuestra ayuda; indicadme el camino, como indicáis al labrador el momento de cosechar los frutos de su labranza, que vuestras palabras me infundan ánimos o me hagan desistir en mi empresa, pues ya no creo, presa del dolor, pensar con claridad.


    En el momento en que Orfeo termina su suplica, desaparece del cumulo de estrellas el más alejado y menos brillante de los astros y junto al rapsoda, aparece la ninfa Mérope, atraída por su lastimero quejido. Tras unos momentos en los que permanece tras él sin decir nada, se acerca y comienza a hablarle.


    MEROPE: Orfeo, tus penas no me son ajenas, pues estoy enterada del triste suceso que has padecido. Conozco la razón por la que has dejado huérfanos a los cantos y en su lugar, has adoptado a los llantos que emanan cual eólica melodía de tu boca, rasgando los oídos de todos quienes las oyen y llenado de lágrimas sus ojos. No eleves más el tono, pues perfectamente te escucho y he acudido a tu llamada con la intención de que no te veas envuelto en una tarea que te deje en una situación aún más penosa de la que te encuentras.

    ORFEO: Eres tú, la más mundana de las ninfas, aquella que se desposo con un hijo de los hombres, la única que responde a mi llamada ¿Acaso sientes empatía hacia mi persona? ¿Mi duda ante la idea de salvar a mi amada te recuerda los actos que tú misma perpetraste hace ya muchos años? Que ayuda pude ofrecerme quien fallo en empresa tan semejante a la mía; en todo caso, malos augurios y peticiones de que desista saldrán de tu boca, motivados por la experiencia personal

    MEROPE: Cuida tus palabras, rapsoda, no vaya a ser que pierdas la única compañía que te queda y vuelvas a encontrarte inmerso en tu soledad. Los motivos que me llevan a escucharte y a procurarte consejo no me incumben más que a mi misma, y si la semejanza de nuestras historias ha tenido algo que ver en esto, resulta completamente indiferente; pues no es solo patrimonio humano el terreno de los sentimientos y la piedad puede acosar a los dioses tanto como a los mortales. Mas no es de mi de quien deberíamos estar hablando, pues tiempo ha que mis penas quedaron atrás, sepultadas bajo el peso de la resignación, sino de ti, que sufres en estos momentos la carga de terribles infortunios.

    ORFEO: Perdona mis palabras, augusta Merope, pues así como la tristeza lleva al llanto y hace que afloren lágrimas en los ojos, también hace que de la boca broten palabras que en otras circunstancias no se enunciarían, siendo la aflición un bálsamo que puede soltar la lengua tanto como el más fuerte de los licores. Ciertamente, los motivos que te llevan a estar conmigo son solo asunto tuyo y suficiente tengo con tu compañía y tu atención; pues al expresar nuestras penas y depositarlas en oídos ajenos, sentimos cierto alivio, como si en ese momento su peso no recayese enteramente sobre nuestros hombros, sino que fuese compartido por aquel que nos dedica su atención. Un consuelo producto de la necedad, sin duda, pues nada cambia de nuestra penosa condición ni nos reporta ninguna solución; a lo sumo, solo conseguimos afligir a la persona que decide quedarse a escuchar nuestros lamentos, al hacerla conocedora de otra desgracia ocurrida en el mundo ¿Acaso el alivio que nos procura contar nuestras penas proviene de la aflición que provocamos en los demás al escucharlas? ¿Es este un consuelo sádico, mórbido, que busca su realización mediante el dolor ajeno? Pues ver a los demás afligidos por los mismos dolores que a nosotros nos acosan produce cierto sosiego en nuestro espíritu, pese a que la causa de nuestro sufrimiento continua igual y lo único que cambia es que ahora más gente sufre a su costa.

    MEROPE: Nos es ninguna necedad eso que dices y sin duda las penas compartidas son menos sufridas que las que se sobrellevan en soledad, mas no es para escucharte, sino para aconsejarte, por lo que he venido hasta aquí; escucha las palabras de quien pretende ayudarte habiendo pasado por penas semejantes a las tuyas, pues he aprendido que el único destino seguro del hombre es la muerte y es absurdo para los mortales pensar que pueden escapar de esta mediante trucos y artimañas; el tártaro es lugar de común encuentro para todos los que habitamos esta tierra y nada puede impedir nuestra procesión hacia él, en algunos más lenta y en otros más acelerada. ¡Que trágica es la existencia de aquellos que viven arrojados en el tiempo, pues siendo algo, lo único que les queda esperar es llegar a no ser nada! Y ni el favor de los dioses puede cambiar este desenlace. Tenías razón hace un momento cuando dijiste que fue la empatía la que me movió a prestarte consejo, pues como sabrás, en su momento yo también trate, como tu, de salvar a aquella persona que me era más querida. Juntos ideamos un plan para que pudiese escapar del destierro al tártaro que Zeus le haba impuesto por haberse sobrepasado en sus artimañas y gracias a esto, Sísifo logro engañar a Hades y volver al mundo de los mortales; hasta que tuvo que volver, ya que como he dicho, ningún mortal puede eludir el paso del tiempo. Y al volver, Hades, colérico por el engaño del que había sido víctima, le condeno a cargar eternamente con una pesada roca, tratando de llevarla hasta la cima de una montaña. Mas cuando esta se encontraba casi en la parte más alta, su peso aumentaba súbitamente, de modo que Sísifo ya no era capaz de sujetarla y esta rodaba colina abajo, para volver al lugar en el que había comenzado. Desiste en tu vano intento y acepta lo inevitable; el reencuentro con tu amada se producirá, pero no en este mundo; volverás a contemplar su rostro, mas no bajo la luz de este sol, pues serán los fuegos fatuos que iluminan el Erebo los que alumbrarán su rostro y harán resplandecer sus ojos, opacados por la falta de vida.

    ORFEO: No son trucos y artimañas las que pretendo usar para rescatar a mi amada, pues sé que estos de poco servirían contra Hades y que, en caso de hacerlo, el castigo que me esperaría por ello sería mucho peor que el bien conseguido mediante ellos, como le ocurrió a tu difunto esposo, inmerso en su castigo eterno y ciclico. Pretendo convencerle, recurriendo al único arte que se me ha concedido, de que me devuelva a mi esposa y la libere de las cadenas del Tártaro.

    MEROPE: ¿Pretendes conmover al dios del inframundo mediante canticos? Sin duda la desesperación te ha llevado, como bien dices, a la locura, pues nada puede ablandar el corazón de Hades, que vive sumido en eternas tinieblas.

    ORFEO: No son mis melodías, oh pléyade, como aquellas que has escuchado al resto de mortales. Yo soy hijo el de la lira y el padre de los cantos, descendiente de Apolo Febo, el cual me lego los secretos de la música, de modo que ni las terribles arpías, ni siquiera el dragón que exhala sulfurosos vapores, pueden resistir su influjo. Si, la experiencia me ha enseñado, gracias a mi viaje en la nave Argos, que mi música es capaz de someter a las más terribles de las criaturas, que la cuerda de mi lira es más peligrosa que la de cualquier arco y que por ello, podre convencer Hades de que me conceda este favor… sin embargo…

    MEROPE: ¿Sin embargo qué? Si tan seguro estas de tus habilidades ¿Para que me invocas y solicitas mi consejo? Pues hace unos instantes no parecías tan convencido de que fueras a salir victorioso en tu empresa, cuando te encontrabas sollozando en esta llanura desolada, a escasos metros de la entrada al lugar al que tanto ansias llegar ¿Qué es lo que te detiene?

    ORFEO: ¡La duda! Siempre acechante en los momentos más inoportunos.

    MEROPE: Todo el poder que pueda tener tu música la pierda a causa de tu voluble carácter, escucha estas palabras, pues no son vanas: la misma duda que te impide el paso hacia el Hades será la que haga que falles en tu empresa. Esto te profetizo, pese a no ser diestra en el arte de la adivinación, pues quien no es dueño de uno mismo, difícilmente podrá conquistar las profundidades del Tártaro.

    ORFEO: ¿Quién no dudaría ante semejante situación? No es pequeño el peligro que ante mi se alza

    MEROPE: …Aún te queda otra opción, si en verdad deseas reunirte con tu amada con tanto ahínco.

    ORFEO: ¿Y de cual se trata? Con gusto la escuchare si ella me permite ver a Eurídice una vez mas.

    MEROPE: Sencillo: no es ella la que debe ascender de vuelta a este mundo, sino que eres tu quien debe descender eternamente al lugar en que ella se encuentra. Si la muerte de Eurídice te quita la vida, entonces pierde la vida, para así paliar su muerte; no busques traerla de regreso, sino acude hacia ella.

    ORFEO: ¡Es terrible eso que pides!

    MEROPE: ¿Y por qué es tan terrible? ¿Acaso el miedo te impide realizar tal acción?

    ORFEO: Como puedes tacharme de cobarde, cuando me encuentro ante las puertas del Hades dispuesto a…

    MEROPE: …gimoteando ante las puertas del Hades, más bien, sin decidirte a entrar o no.

    ORFEO: ¡Basta! No seguiré escuchando semejantes comentarios sobre mi persona. Te he llamado en busca de consejo y lo único que encuentro son faltas de respeto. Yo, que a bordo de la nave Argos suque los mares hasta tierras recónditas en búsqueda del dorado vellocino; yo, que con el sonido de mi arpa dome a las terribles sirenas; yo, que conseguí domar al terrible dragón que protegía…

    MEROPE: Curioso, oí que fue Medea y no tu, quien consiguió dormir a la bestia

    ORFEO: ¡Invenciones! Esa mujer no es capaz más que de maldades; parricida, infanticida, bruja embaucadora que obligo a dos pobres muchachas a descuartizar a su propio padre y a servirlo en un banquete, tal como Atreo hizo con sus hijos. Mas, pese a todo, hay parte de verdad en esa historia y no por los crímenes cometidos debe adulterarse la verdad. En efecto, Medea, con sus dotes mágicas, colaboro a la hora de dormir a la bestia y fue la acción conjunta de mi lira y sus salmos, los que sumieron al monstruo de escamas en un profundo sueño. El mérito pues, nos pertenece a ambos, pero a diferencia de ella, yo no he ensuciado mis grandes acciones con actos tan viles que los superan con creces.

    MEROPE: Se más leve en tus acusaciones, rapsoda, pues los motivos que llevaron a Medea a cometer sus crímenes fueron los mismos que los que a ti te han llevado hasta aquí: el amor; y tratar de oponerse a la voluntad de Zeus también es un acto de impiedad. Y así como ella quedo sin patria y sin hijos, cuídate de no quedar tu también aún más desamparado de lo que estas ya.

    ORFEO: ¡Suficiente! ¿Quién eres tu para tacharme a mí de cobarde, cuando tu y todas tus hermanas vivís a las espaldas de un toro que os protege del acoso de un cazador? Si no fuera por el…

    MEROPE: Si no fuera por el, quizás hubiésemos sufrido un destino semejante al de tu amada, la cual pereció en circunstancias similares: Huyendo de alguien que quería forzarla contra su voluntad; quizás, si ella hubiese tenido también a mano un toro…

    ORFEO: ¡Por favor, basta! No quiero seguir con esto.

    MEROPE: Dejemos, pues, esta vana discusión. He aquí mi consejo, Orfeo: pese a que tus artes se han demostrado capaces de grandes prodigios, son de estas de las que te vendrá la desgracia, sino de ti mismo, pues dominas los cantos, pero no dominas tu propio ser. No son los peligros del Tártaro: Queronte, las Furias, Cerbero o el propio Hades tus mayores adversarios, sino tu mismo y el conflicto que llevas contigo. Has sido valiente, más no decidido; audaz, pero temeroso al mismo tiempo. Temes adéntrate en el Erebo así como temes quitarte la vida y, a su vez, temes vivir sin Eurídice. Confianza, Orfeo, eso es lo que te falta, para cumplir tu tarea; de nada sirve tener la capacidad de hacer algo si no se tiene a su vez la determinación para llevarlo a cabo. La duda, aunque puede ser benigna, pues es amiga de la prudencia, lo es también del miedo y por ello, se debe ser cauto con ella. ¿Cuántas veces sucumbimos a su influencia y no realizamos algún acto, por miedo a que este salga mal? ¿Cuántas veces nos acosa la idea de que un mal puede ocurrir? Incertidumbre, terrible enemiga que no deja pensar con claridad.

    ORFEO: Duras son tus palabras, pero, por lo que entiendo de ellas, debo decidirme pues: me adentrare en las profundidades de la tierra e iré en busca de mi amada, decidido, dispuesto a enfrentar cualquier peligro

    MEROPE: No creas que es tan fácil vencerse a uno mismo

    ORFEO: Aquí me ves, listo para partir

    MEROPE: No has entendido nada, la verdadera prueba te espera más adelante y, como te digo, será contra ti mismo: tu mismo te traerás la ruina, tus propios pensamientos: el héroe que supero tantos obstáculos vencido por los obstáculos que el mismo se impone. Los dioses lo ven y saben todo Orfeo y, por ello, te pondrán a prueba, una prueba que no podrás superar. En verdad, solo deseo ayudarte, escucha estas palabras, lucha contigo mismo y véncete

    ORFEO: Me voy, pues tus palabras no hacen sino confundirme e irritarme. Descenderé solo y desamparado y ascenderé glorioso y acompañado, así lo he decidido y mí hazaña será recordada como la más gloriosa jamás realizada.

    MEROPE: En verdad, así lo deseo, pese a que negras sombras vea sobre tu futuro. Parte en tu travesía, hijo del sol, al lugar donde solo existe la sombra


    Orfeo se levanta, recoge su lira y junto a Merope desaparecen del escenario, cada uno en una dirección diferente.
     
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    Última modificación: 9 de Diciembre de 2019
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