Erina de Telos
Poeta recién llegado
Parecía increíble el cambio que las cosas habían dado, como vulgarmente se dice, un giro de 180 grados. Pero una duda corroía mi mente taladrándola cada segundo, ¿Y si no era el resto del mundo el diferente? Tal vez en mi ausencia las difíciles circunstancias a las que me había enfrentado habían calado hondo en mí, provocandome una visión pesimista de las cosas y llevándose la infantilidad con la que había partido en el inicio de mi viaje. Tal vez, y solo tal vez, todos me aceptarían de la misma forma en la que me habían aceptado antes de mi aventura. Pero, ¿Cómo saberlo? Y aun siendo bien acogida, ¿Cómo les trataría yo a ellos?
Todo había comenzado mucho tiempo atrás, cuando la tormenta helada les había vuelto locos. Insistían en resguardarme, pero yo quería salir al exterior y jugar con las burbujas lechosas que tanta admiración me provocaban. Cuando miraba a través del grueso cristal de mi ventana soñaba con tirárselas a Mike, aquel chico de mi clase que tanto me gustaba, pero yo era insulsa y apagada y nadie se iba a fijar en mí jamás, repetían ellos. Olvídate de ese crío, me intentaban convencer. El no es para ti.
¿Y quien lo es?
Aun recuerdo aquella última noche como si la hubiera vivido ayer. Una vez todos estuvieron dormidos, me deslicé cual ladronzuelo por las escaleras de la casa procurando no pisar el cuarto escalón, aquel que provocaba un horrible ruido seco y chirriante cada vez que te posabas en el. Apunto estuve de que me descubrieran, pero pudo más mi palpitante deseo de escapar de allí.
La cárcel, que así es como lo llamaba –y aun lo llamo- se componía de tres pisos bien estructurados. El primero y el segundo no tenían secretos para mí, sin embargo, al tercero tenía prohibida la entrada, tanto yo, como el resto de prisioneros. A esa edad la exageración era bastante frecuente, los nueve años hacían ver todo increíblemente grande. Ahora lo veo tal y como es; insulso y poco misterioso. Sin embargo, el áurea sombría no había sido imaginación de la niñez.
Pestañeé y mis ojos lapislázuli se entreabrieron perezosos, no había dormido a penas un par de horas y el cansancio se apoderaba de mis músculos con sutileza, pero se apoderaba al fin y al cabo. Lo sopesé durante unos segundos, pero finalmente las dudas se disiparon de mi cabeza y asentí conforme con mi decisión. Debía hacerlo, tenía que hacerlo, así que con paso pesado, pero decidido, comencé mi caminata por la nieve hasta el pueblo de mi infancia; aquel que me había proporcionado tanto alegrías, como desgracias; pero no en ese orden explícitamente.
Todo había comenzado mucho tiempo atrás, cuando la tormenta helada les había vuelto locos. Insistían en resguardarme, pero yo quería salir al exterior y jugar con las burbujas lechosas que tanta admiración me provocaban. Cuando miraba a través del grueso cristal de mi ventana soñaba con tirárselas a Mike, aquel chico de mi clase que tanto me gustaba, pero yo era insulsa y apagada y nadie se iba a fijar en mí jamás, repetían ellos. Olvídate de ese crío, me intentaban convencer. El no es para ti.
¿Y quien lo es?
Aun recuerdo aquella última noche como si la hubiera vivido ayer. Una vez todos estuvieron dormidos, me deslicé cual ladronzuelo por las escaleras de la casa procurando no pisar el cuarto escalón, aquel que provocaba un horrible ruido seco y chirriante cada vez que te posabas en el. Apunto estuve de que me descubrieran, pero pudo más mi palpitante deseo de escapar de allí.
La cárcel, que así es como lo llamaba –y aun lo llamo- se componía de tres pisos bien estructurados. El primero y el segundo no tenían secretos para mí, sin embargo, al tercero tenía prohibida la entrada, tanto yo, como el resto de prisioneros. A esa edad la exageración era bastante frecuente, los nueve años hacían ver todo increíblemente grande. Ahora lo veo tal y como es; insulso y poco misterioso. Sin embargo, el áurea sombría no había sido imaginación de la niñez.
Pestañeé y mis ojos lapislázuli se entreabrieron perezosos, no había dormido a penas un par de horas y el cansancio se apoderaba de mis músculos con sutileza, pero se apoderaba al fin y al cabo. Lo sopesé durante unos segundos, pero finalmente las dudas se disiparon de mi cabeza y asentí conforme con mi decisión. Debía hacerlo, tenía que hacerlo, así que con paso pesado, pero decidido, comencé mi caminata por la nieve hasta el pueblo de mi infancia; aquel que me había proporcionado tanto alegrías, como desgracias; pero no en ese orden explícitamente.
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