PrincesAna
Poeta recién llegado
Me muero, cariño, sentada en la esquina y la mirada vacía, esperando a que abras los ojos y me digas esas palabras que anhelo, con locura, desespero escuchar de nuevo.
Y me quedo sin aire, mi cielo, al llamarte sin respuesta, soñarte cada noche y extrañarte cada día cuando me despierto en esta inmensa sabana que se convirtió mi cama ya sin tu aroma, ya sin tu calma.
Y te amo como nunca, compañero, al extremo que te hablo así, de lejos y hasta creo que me escuchas, me respondes, me regalas tu consejo y de vez en cuando, uno que otro beso.
Y te extraño, extraño, cuando llegan los domingos y hasta estar triste me es tedioso y no me soporto sin ti y sólo me queda dormir para apagar un poco la melancolía que dejaste tras la ida.
Y me quiero, querido, desde que no me quieres porque no tuve otra opción que aprender a quererme y así no necesitarte, quererte solo porque si, y no por lo que me das, quererte por la satisfacción de poseer algo que sólo yo podría darte.
Y nos vivo, amado, cuando te ríes conmigo y me regalas una de tus noches y despierto en la madrugada y me observas como quien ve la luna de cerca y sólo entonces se apacigua el ardor en mis venas.
Y te espero, amigo mío, hasta que se me sequen las lágrimas y el corazón no me lata, hasta que el sol no brille y nuestras miradas no sean hermosas, hasta que me sueñes y te duela, hasta que me entiendas, hasta que te quieras, hasta que me extrañes, hasta que me ames.
Y me quedo sin aire, mi cielo, al llamarte sin respuesta, soñarte cada noche y extrañarte cada día cuando me despierto en esta inmensa sabana que se convirtió mi cama ya sin tu aroma, ya sin tu calma.
Y te amo como nunca, compañero, al extremo que te hablo así, de lejos y hasta creo que me escuchas, me respondes, me regalas tu consejo y de vez en cuando, uno que otro beso.
Y te extraño, extraño, cuando llegan los domingos y hasta estar triste me es tedioso y no me soporto sin ti y sólo me queda dormir para apagar un poco la melancolía que dejaste tras la ida.
Y me quiero, querido, desde que no me quieres porque no tuve otra opción que aprender a quererme y así no necesitarte, quererte solo porque si, y no por lo que me das, quererte por la satisfacción de poseer algo que sólo yo podría darte.
Y nos vivo, amado, cuando te ríes conmigo y me regalas una de tus noches y despierto en la madrugada y me observas como quien ve la luna de cerca y sólo entonces se apacigua el ardor en mis venas.
Y te espero, amigo mío, hasta que se me sequen las lágrimas y el corazón no me lata, hasta que el sol no brille y nuestras miradas no sean hermosas, hasta que me sueñes y te duela, hasta que me entiendas, hasta que te quieras, hasta que me extrañes, hasta que me ames.