Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ayer volví a mi pueblo por un camino nuevo y ancho,
paralelo al camino viejo y angosto, bordeado de palmas
por el que una vez, hace mucho, mucho tiempo, me fui.
Es evidente, que cambiamos y nos cambiaron a los dos.
Llegué, y me puse a vivir en el pueblo, también distinto.
Íntimamente, hallo que es como vivir en el cementerio
de mi adolescencia; donde yacen: un amor inconcluso,
los primeros amigos y la ilusión de ‘triunfar en la vida’.
Por suerte, a las seis y media de la mañana, escucho
encenderse la radio de mi padre, y comenzar, a las ocho,
el leve trajín de mi madre. A eso regresé; a recobrarlos,
a extirparnos la nostalgia, a devolverme a ellos y a mí.
Atrás quedó el bullicio ciudadano y su noche amada;
que con secreta fe de que no está perdida, voy matando.
Viéndolo todo irreal, camino aquí como por las nubes,
respondiendo al saludo indagatorio de los ‘extraños’.
Despojado poco a poco del atuendo “del que se vino”,
permanezco figurado en plaza, árbol, iglesia, almacén,
rumiando mi incertidumbre sentimental, fingiendo ser
uno más de los que por no dejar de ser, se quedaron.
Y aún con la certeza de que, menos aquí, podría nacer
de nuevo ante quien recién me conozca, abandonado
a la molicie de mi utópico temperamento, cual pájaro
resignado, retengo en honda jaula mi instinto volador.
Escrupuloso pájaro que, comprometido con su sangre,
postergará aletear por mucho tiempo. Un día lo hará,
quizá para admitir, resignado, que su postrera realidad,
ha despintado afanosa el último rastro de su quimera.
(Lo más doloroso sin duda). Y así, pajarera el pueblo,
irá mi dilema existencial, rasante entre palmas y sauces,
arrancándole en ocasiones al extraño presente que elegí,
lamentos como éste, que entrampado, se pretende trino.
paralelo al camino viejo y angosto, bordeado de palmas
por el que una vez, hace mucho, mucho tiempo, me fui.
Es evidente, que cambiamos y nos cambiaron a los dos.
Llegué, y me puse a vivir en el pueblo, también distinto.
Íntimamente, hallo que es como vivir en el cementerio
de mi adolescencia; donde yacen: un amor inconcluso,
los primeros amigos y la ilusión de ‘triunfar en la vida’.
Por suerte, a las seis y media de la mañana, escucho
encenderse la radio de mi padre, y comenzar, a las ocho,
el leve trajín de mi madre. A eso regresé; a recobrarlos,
a extirparnos la nostalgia, a devolverme a ellos y a mí.
Atrás quedó el bullicio ciudadano y su noche amada;
que con secreta fe de que no está perdida, voy matando.
Viéndolo todo irreal, camino aquí como por las nubes,
respondiendo al saludo indagatorio de los ‘extraños’.
Despojado poco a poco del atuendo “del que se vino”,
permanezco figurado en plaza, árbol, iglesia, almacén,
rumiando mi incertidumbre sentimental, fingiendo ser
uno más de los que por no dejar de ser, se quedaron.
Y aún con la certeza de que, menos aquí, podría nacer
de nuevo ante quien recién me conozca, abandonado
a la molicie de mi utópico temperamento, cual pájaro
resignado, retengo en honda jaula mi instinto volador.
Escrupuloso pájaro que, comprometido con su sangre,
postergará aletear por mucho tiempo. Un día lo hará,
quizá para admitir, resignado, que su postrera realidad,
ha despintado afanosa el último rastro de su quimera.
(Lo más doloroso sin duda). Y así, pajarera el pueblo,
irá mi dilema existencial, rasante entre palmas y sauces,
arrancándole en ocasiones al extraño presente que elegí,
lamentos como éste, que entrampado, se pretende trino.
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