Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Escúchame, mi niña, cuando la luna marque
las horas melancólicas, no habrá luz que sosiegue
el penetrante albor de medianoche,
ni sombra para huir,
ni ceguera, tropiezos o pericia
que distingan el rasgo más inmundo
del idioma más telegrafiado,
tan sediento, y tan ácido, como la misma letra,
casi más propagada que el amor.
No porque las tinieblas pudiesen abrazarnos.
No porque ceda antes la desidia
que un puñado de célebres e inmensas
frases para el recuerdo.
Escúchame, ahora que estoy lúcido:
Puede ser que jamás hayamos sucumbido
a la palabra.