danie
solo un pensamiento...
Risa nocturna, endiablada con un dejo de sarcasmo, del cielo y más allá del horizonte, de la lluvia crispando los tejados.
Yo veo como se ríe esa risa malcriada, escucho sus carcajadas como aullidos lacerando la piel, la siento soplándome la nuca con su aliento helado de un sardónico dios.
Risa del llanto, de la ira, del dolor, de absolutamente todos los verbos fieros. Risa que se posa sobre la mosqueta marchita, sobre la sombra del ébano, sobre mi casa noctámbula y vacía.
Es la risa burlona del destino, de la historia sin hazaña, del tiempo y su rostro de espectros de noches sin luna ni astros.
Es la risa incomprensible de un inconsciente que se caga de risa de nuestros pesares y desdichas.
A esta risa le chupa un huevo todo, y se ríe hasta descostillar huesos, hasta desfibrar las vísceras, hasta estrujar y machacar el alma del lacónico cuerpo.
¿De dónde viene esta maldita risa? No lo sé, pero está ahí, rompiendo mis imágenes en los espejos, astillando los vidrios de mis ventanales que intenta mirar a un alba, pero terminan mirando a la noche, partiendo el canto de los ruiseñores de mis sueños.
Aunque no la veamos, no la sintamos ni escuchemos, ella siempre está ahí. Esa risa irónica que marca nuestro designio y se burla de nuestra burda existencia. Siempre está sobre nosotros con su socarrona sombra.
No saben la suerte que tienen ustedes que no la ven ni la oyen, pero yo la oigo, muy fuerte, con su ardido buido y su sed por la sangre (por mi sangre palpitante).
Y al oírla me estremezco, tirito como una hoja desprotegida por el viento, entro en un estado de pánico absorbente hasta perecer con su carcajada de cemento.
No es bueno perecer en la demencia, pero no tengo otra opción; esa risa estuvo siempre ahí, desde que nací, y va seguir estando hasta el fin de mis noches sin luna.
Yo veo como se ríe esa risa malcriada, escucho sus carcajadas como aullidos lacerando la piel, la siento soplándome la nuca con su aliento helado de un sardónico dios.
Risa del llanto, de la ira, del dolor, de absolutamente todos los verbos fieros. Risa que se posa sobre la mosqueta marchita, sobre la sombra del ébano, sobre mi casa noctámbula y vacía.
Es la risa burlona del destino, de la historia sin hazaña, del tiempo y su rostro de espectros de noches sin luna ni astros.
Es la risa incomprensible de un inconsciente que se caga de risa de nuestros pesares y desdichas.
A esta risa le chupa un huevo todo, y se ríe hasta descostillar huesos, hasta desfibrar las vísceras, hasta estrujar y machacar el alma del lacónico cuerpo.
¿De dónde viene esta maldita risa? No lo sé, pero está ahí, rompiendo mis imágenes en los espejos, astillando los vidrios de mis ventanales que intenta mirar a un alba, pero terminan mirando a la noche, partiendo el canto de los ruiseñores de mis sueños.
Aunque no la veamos, no la sintamos ni escuchemos, ella siempre está ahí. Esa risa irónica que marca nuestro designio y se burla de nuestra burda existencia. Siempre está sobre nosotros con su socarrona sombra.
No saben la suerte que tienen ustedes que no la ven ni la oyen, pero yo la oigo, muy fuerte, con su ardido buido y su sed por la sangre (por mi sangre palpitante).
Y al oírla me estremezco, tirito como una hoja desprotegida por el viento, entro en un estado de pánico absorbente hasta perecer con su carcajada de cemento.
No es bueno perecer en la demencia, pero no tengo otra opción; esa risa estuvo siempre ahí, desde que nací, y va seguir estando hasta el fin de mis noches sin luna.
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