Partes de guerra

Teo Moran

Poeta fiel al portal
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Se vierte la desolación por parte del paraíso y nos gesta en el pensamiento de los sabios errantes, y es cuando miramos al cielo intentando vislumbrar un futuro mejor, una afortunada hora donde sea uno mismo quien gobierne su libre albedrio.
Sé que son solo palabras, unas huellas dactilares en las oquedades del alma, esas formas borrosas e imperecederas que con peor o mejor acierto dibujaron unos antiguos locos, mas solo lo hicieron para recordar aquello que tarde o temprano se extinguirá:
Tacto, perfume, sonido, y tras todo ello el lamento de un color imperfecto.
Llego para darte un apero, una fragua encendida y un tejado roto, aquella inmensidad por donde el río busca camino mar adentro, donde unas sirenas hermosas cantan para enturbiar la razón y donde las cadenas son baratijas en una tienda de todo a cien, y el templo, también llamado vulgarmente bar, oratorio de grandes narradores, oirás las fábulas del hambre y de las guerras del día a día donde la conquista es solo el pan amargo que no llena los estómagos, donde las máquinas inadaptadas con su giro se alimentan de los sueños de bolsillos vacíos, de tardes frías de invierno donde el amor se diluye como la nieve en la acera tras las pisadas de sombras que corren en pos del trabajo o de noctámbulos que solo quieren llegar a su hogar y morir tranquilo.
No es una opinión, es la única forma de llamar la atención, es el modo de sentirme libre del mundo que me rodea, donde cada día intento sobrevivir en el efímero valor de una apagada sonrisa.
Ahora que las ventanas están cerradas y no nos ven alcanzaré tu boca gastada de decir mentiras, acariciaré tu piel ajada como el felpudo que nos da la bienvenida a una habitación llena de misterio y de compasión, y mientras hablamos de las vacaciones de un verano que sobrevive en los posos de un vaso vacío, de la poca suerte que nos dan las estrellas, sé que todo en el fondo me da igual y que hace tiempo que no te escucho, que intento dibujar en las oquedades del alma aquellos días que fui feliz, donde no entendía al ser humano pero necesitaba de su sonido, de unas guerras lejanas que rugen con su tambor, de la imposibilidad del oxígeno en el vacío universo, y de lo más cercano, unas calles grises llenas de edificios amarillos, hogar para la necesidad y los sueños rotos, y me vi que estaba desnudo, volaba desnudo, desnudo en el corazón y en el alma, gritando por unos efímeros segundos de una existencia perdida.
Sé también que tras aquellos momentos en silencio, en lo más profundo me quisiste y me odiaste tal como se hace a un día de hambre sin tener nada que hacer.
 

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Se vierte la desolación por parte del paraíso y nos gesta en el pensamiento de los sabios errantes, y es cuando miramos al cielo intentando vislumbrar un futuro mejor, una afortunada hora donde sea uno mismo quien gobierne su libre albedrio.
Sé que son solo palabras, unas huellas dactilares en las oquedades del alma, esas formas borrosas e imperecederas que con peor o mejor acierto dibujaron unos antiguos locos, mas solo lo hicieron para recordar aquello que tarde o temprano se extinguirá:
Tacto, perfume, sonido, y tras todo ello el lamento de un color imperfecto.
Llego para darte un apero, una fragua encendida y un tejado roto, aquella inmensidad por donde el río busca camino mar adentro, donde unas sirenas hermosas cantan para enturbiar la razón y donde las cadenas son baratijas en una tienda de todo a cien, y el templo, también llamado vulgarmente bar, oratorio de grandes narradores, oirás las fábulas del hambre y de las guerras del día a día donde la conquista es solo el pan amargo que no llena los estómagos, donde las máquinas inadaptadas con su giro se alimentan de los sueños de bolsillos vacíos, de tardes frías de invierno donde el amor se diluye como la nieve en la acera tras las pisadas de sombras que corren en pos del trabajo o de noctámbulos que solo quieren llegar a su hogar y morir tranquilo.
No es una opinión, es la única forma de llamar la atención, es el modo de sentirme libre del mundo que me rodea, donde cada día intento sobrevivir en el efímero valor de una apagada sonrisa.
Ahora que las ventanas están cerradas y no nos ven alcanzaré tu boca gastada de decir mentiras, acariciaré tu piel ajada como el felpudo que nos da la bienvenida a una habitación llena de misterio y de compasión, y mientras hablamos de las vacaciones de un verano que sobrevive en los posos de un vaso vacío, de la poca suerte que nos dan las estrellas, sé que todo en el fondo me da igual y que hace tiempo que no te escucho, que intento dibujar en las oquedades del alma aquellos días que fui feliz, donde no entendía al ser humano pero necesitaba de su sonido, de unas guerras lejanas que rugen con su tambor, de la imposibilidad del oxígeno en el vacío universo, y de lo más cercano, unas calles grises llenas de edificios amarillos, hogar para la necesidad y los sueños rotos, y me vi que estaba desnudo, volaba desnudo, desnudo en el corazón y en el alma, gritando por unos efímeros segundos de una existencia perdida.
Sé también que tras aquellos momentos en silencio, en lo más profundo me quisiste y me odiaste tal como se hace a un día de hambre sin tener nada que hacer.


Excelente conjunción de emociones, de momentos, de sensaciones, de imágenes... Un verdadero placer seguir el sendero.

Saludos,

Palmira
 
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Se vierte la desolación por parte del paraíso y nos gesta en el pensamiento de los sabios errantes, y es cuando miramos al cielo intentando vislumbrar un futuro mejor, una afortunada hora donde sea uno mismo quien gobierne su libre albedrio.
Sé que son solo palabras, unas huellas dactilares en las oquedades del alma, esas formas borrosas e imperecederas que con peor o mejor acierto dibujaron unos antiguos locos, mas solo lo hicieron para recordar aquello que tarde o temprano se extinguirá:
Tacto, perfume, sonido, y tras todo ello el lamento de un color imperfecto.
Llego para darte un apero, una fragua encendida y un tejado roto, aquella inmensidad por donde el río busca camino mar adentro, donde unas sirenas hermosas cantan para enturbiar la razón y donde las cadenas son baratijas en una tienda de todo a cien, y el templo, también llamado vulgarmente bar, oratorio de grandes narradores, oirás las fábulas del hambre y de las guerras del día a día donde la conquista es solo el pan amargo que no llena los estómagos, donde las máquinas inadaptadas con su giro se alimentan de los sueños de bolsillos vacíos, de tardes frías de invierno donde el amor se diluye como la nieve en la acera tras las pisadas de sombras que corren en pos del trabajo o de noctámbulos que solo quieren llegar a su hogar y morir tranquilo.
No es una opinión, es la única forma de llamar la atención, es el modo de sentirme libre del mundo que me rodea, donde cada día intento sobrevivir en el efímero valor de una apagada sonrisa.
Ahora que las ventanas están cerradas y no nos ven alcanzaré tu boca gastada de decir mentiras, acariciaré tu piel ajada como el felpudo que nos da la bienvenida a una habitación llena de misterio y de compasión, y mientras hablamos de las vacaciones de un verano que sobrevive en los posos de un vaso vacío, de la poca suerte que nos dan las estrellas, sé que todo en el fondo me da igual y que hace tiempo que no te escucho, que intento dibujar en las oquedades del alma aquellos días que fui feliz, donde no entendía al ser humano pero necesitaba de su sonido, de unas guerras lejanas que rugen con su tambor, de la imposibilidad del oxígeno en el vacío universo, y de lo más cercano, unas calles grises llenas de edificios amarillos, hogar para la necesidad y los sueños rotos, y me vi que estaba desnudo, volaba desnudo, desnudo en el corazón y en el alma, gritando por unos efímeros segundos de una existencia perdida.
Sé también que tras aquellos momentos en silencio, en lo más profundo me quisiste y me odiaste tal como se hace a un día de hambre sin tener nada que hacer.
Y qué bonito escribes, siento al protagonista triste y casi, me atrevería decir acabado pero qué bonito ese sentimiento expresado con tanta dulzura, me envolvió hasta el final, feliz tarde Teo Morán, me alegró pararme en tus letras, sentí cada momento como si lo estuviese viviendo yo, un saludo
 
Y qué bonito escribes, siento al protagonista triste y casi, me atrevería decir acabado pero qué bonito ese sentimiento expresado con tanta dulzura, me envolvió hasta el final, feliz tarde Teo Morán, me alegró pararme en tus letras, sentí cada momento como si lo estuviese viviendo yo, un saludo
Te lo agradezco mucho, tanto por tus palabras como lo que ellas me hacen sentir. Me han alegrado y me han hecho muy feliz.
Reitero mi gratitud y con el un fuerte abrazo.
 

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