María Rentería
Luna en Acuario.
Existen muchos cuentos de Navidad. Sin duda, el más entrañable de todos es aquel escrito por Charles Dickens sobre un hombre tacaño, Ebenezer Scrooge, quien al ser confrontado con su vida pasada y presente, pero sobre todo futura, decide cambiar su actitud hacia los demás volcándose hacia la generosidad. Uno sobre un tren que viaja al Polo Norte, otro sobre un hombre que involuntariamente por una cláusula se convierte en Santa Claus; otro sobre un milagro en una calle de Nueva York; y así muchos más, hasta uno sobre un burrito que se llama Pequeño.
El pequeño cuento que yo te contaré es sobre una pequeña niña. Ella esperaba cada año con ansia la Navidad. Es cierto, por pequeña aún no había aprendido el valor de dar, sino que lo más importante para ella en ese momento era recibir. Al ser la más pequeña en la familia, era quien aún conservaba el candor, la inocencia de esas fiestas.
Ese año en particular, llegada la mañana de Navidad, se levantó como siempre antes que todos a atisbar lo que había bajo el árbol. Al llegar lo primero que vio, resaltando sobre todo, era una enorme caja, en la que ella cabía perfectamente si se agachaba y además estaba bellamente decorada. Con sigilo se acercó y cuál no sería su sorpresa al darse cuenta de que tenía su nombre. ¡Qué emoción! ¡Era para ella!... No pudiendo esperar más, fue a despertar a todo mundo para abrir los regalos.
Una vez reunida la familia, se le dio permiso de abrir la enorme caja. Emocionada, la abrió y un poco desconcertada encontró muchas hojas de periódico arrugadas dentro de ella. Sin perder la esperanza, buscó y encontró una caja un poco más pequeña. Sacó la caja y al abrirla, más periódico encontró… ¡No podía creer lo que estaba pasando, pero siguió buscando! Dentro de esta segunda caja, estaba otra más pequeña aún… Y así siguió ocurriendo: una cuarta, una quinta, una sexta caja, cada vez más pequeñas… hasta llegar a una última, pequeñita, donde cabrían tal vez un par de aretes. Un poco desilusionada, abrió con la emoción que le quedaba la pequeña cajita del fondo, pensando que aún en ella encontraría un regalo. Al abrir la caja, lloró con gran desconsuelo, porque dentro -cuidadosamente acomodado-, estaba un cacahuate. La madre de la niña, en todo esto reconoció claramente la mano de los hermanos mayores, los cuales, acto seguido, fueron amonestados.
Siguieron otros regalos, regalos de verdad, pero ya mezclada la sonrisa con lo salobre de las lágrimas.
Desde entonces, esa pequeña se juró a sí misma que jamás contribuiría a destruir, al menos de forma voluntaria, las ilusiones de los demás, y que trataría de conservar en estas fiestas siempre el calor del motivo principal de alegría: el nacimiento de Jesús. Quiera Dios que todos los que leen estas líneas, encuentren en esta festividad el verdadero amor que brota del Amor que nos es entregado, sin importar si son creyentes o no. Son los deseos de la pequeña niña del relato, que ahora comparte con todos esta vivencia. ¡Feliz Navidad!
El pequeño cuento que yo te contaré es sobre una pequeña niña. Ella esperaba cada año con ansia la Navidad. Es cierto, por pequeña aún no había aprendido el valor de dar, sino que lo más importante para ella en ese momento era recibir. Al ser la más pequeña en la familia, era quien aún conservaba el candor, la inocencia de esas fiestas.
Ese año en particular, llegada la mañana de Navidad, se levantó como siempre antes que todos a atisbar lo que había bajo el árbol. Al llegar lo primero que vio, resaltando sobre todo, era una enorme caja, en la que ella cabía perfectamente si se agachaba y además estaba bellamente decorada. Con sigilo se acercó y cuál no sería su sorpresa al darse cuenta de que tenía su nombre. ¡Qué emoción! ¡Era para ella!... No pudiendo esperar más, fue a despertar a todo mundo para abrir los regalos.
Una vez reunida la familia, se le dio permiso de abrir la enorme caja. Emocionada, la abrió y un poco desconcertada encontró muchas hojas de periódico arrugadas dentro de ella. Sin perder la esperanza, buscó y encontró una caja un poco más pequeña. Sacó la caja y al abrirla, más periódico encontró… ¡No podía creer lo que estaba pasando, pero siguió buscando! Dentro de esta segunda caja, estaba otra más pequeña aún… Y así siguió ocurriendo: una cuarta, una quinta, una sexta caja, cada vez más pequeñas… hasta llegar a una última, pequeñita, donde cabrían tal vez un par de aretes. Un poco desilusionada, abrió con la emoción que le quedaba la pequeña cajita del fondo, pensando que aún en ella encontraría un regalo. Al abrir la caja, lloró con gran desconsuelo, porque dentro -cuidadosamente acomodado-, estaba un cacahuate. La madre de la niña, en todo esto reconoció claramente la mano de los hermanos mayores, los cuales, acto seguido, fueron amonestados.
Siguieron otros regalos, regalos de verdad, pero ya mezclada la sonrisa con lo salobre de las lágrimas.
Desde entonces, esa pequeña se juró a sí misma que jamás contribuiría a destruir, al menos de forma voluntaria, las ilusiones de los demás, y que trataría de conservar en estas fiestas siempre el calor del motivo principal de alegría: el nacimiento de Jesús. Quiera Dios que todos los que leen estas líneas, encuentren en esta festividad el verdadero amor que brota del Amor que nos es entregado, sin importar si son creyentes o no. Son los deseos de la pequeña niña del relato, que ahora comparte con todos esta vivencia. ¡Feliz Navidad!
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