esthergranados
Poeta adicto al portal
Tengo la casa llena de carteles. Llevan escritos los nombres de cada objeto: peine, cuchara, silla... De vez en cuando me pregunto cuánto tiempo llevan allí, cuánto tiempo hace que los necesito y por qué. Hay veces que no sé dónde estoy o creo que vivo en otro sitio, en algún lugar del pasado... Voy todos los días a un centro donde me ayudan a recordar y a buscar habilidades para mantener activo mi cerebro. Cantamos cuando no se nos olvidan las letras de las canciones, hacemos manualidades... Convivo con gente como yo, que me comprende y a los que comprendo.
Antes era peor. Una vez me perdí cuando pretendía ir a comprar el pan. De repente no supe dónde estaba, ni cómo regresar a casa, ni cómo explicar dónde vivía. Tuvieron que llamar a la policía y localizaron a mi hija que ¡pobre! se llevó un susto de muerte. Lo más triste es que a veces no conozco a mi propia familia. Se me olvidan sus caras y sus nombres y paso mucho miedo porque creo estar con desconocidos, y no entiendo por qué me hacen cosas que me dan mucha vergüenza, me duchan, me dan de comer, me ayudan a acostarme y me dan muchos besos que a veces me molestan, porque nunca me ha gustado que me besen desconocidos. Cuando de pronto me doy cuenta de que ellos son mis hijos, mi marido, mis nietos, lloro mucho, me apena no reconocerlos e intento atrapar su recuerdo en esta mente que se ha vuelto tan frágil, tan enferma. Tengo que aprovechar los momentos en que vuelvo a ser yo misma... Quiero decir, como era entonces, antes de mi calvario, y me pongo a escribir, les dejo cartas diciendo que los quiero, y lo mucho que lamento hacerles de sufrir de esta manera. Pero vuelve el suplicio de repente y no sé qué es el bolígrafo que tengo entre mis dedos, ni para qué me sirve el folio garabateado que tengo delante de mis ojos.
Oigo hablar a mis hijos de investigación, de tratamientos nuevos, de posibles remedios... pero también escucho que se investiga poco, que el dinero se gasta en otras cosas, que son más importantes las campañas propagandísticas sobre lo que se hace, que lo poco que se hace en tantas cosas necesarias. Yo, si tuviera voz, les diría que gasten nuestro dinero en lo que de verdad importa: investigación, cultura, buenos servicios para los ciudadanos... pero yo soy sólo una pobre enferma que ni siquiera irá a votar, porque desafortunadamente seguro que ese día no sabré lo que es eso, ni para qué vale.
Antes era peor. Una vez me perdí cuando pretendía ir a comprar el pan. De repente no supe dónde estaba, ni cómo regresar a casa, ni cómo explicar dónde vivía. Tuvieron que llamar a la policía y localizaron a mi hija que ¡pobre! se llevó un susto de muerte. Lo más triste es que a veces no conozco a mi propia familia. Se me olvidan sus caras y sus nombres y paso mucho miedo porque creo estar con desconocidos, y no entiendo por qué me hacen cosas que me dan mucha vergüenza, me duchan, me dan de comer, me ayudan a acostarme y me dan muchos besos que a veces me molestan, porque nunca me ha gustado que me besen desconocidos. Cuando de pronto me doy cuenta de que ellos son mis hijos, mi marido, mis nietos, lloro mucho, me apena no reconocerlos e intento atrapar su recuerdo en esta mente que se ha vuelto tan frágil, tan enferma. Tengo que aprovechar los momentos en que vuelvo a ser yo misma... Quiero decir, como era entonces, antes de mi calvario, y me pongo a escribir, les dejo cartas diciendo que los quiero, y lo mucho que lamento hacerles de sufrir de esta manera. Pero vuelve el suplicio de repente y no sé qué es el bolígrafo que tengo entre mis dedos, ni para qué me sirve el folio garabateado que tengo delante de mis ojos.
Oigo hablar a mis hijos de investigación, de tratamientos nuevos, de posibles remedios... pero también escucho que se investiga poco, que el dinero se gasta en otras cosas, que son más importantes las campañas propagandísticas sobre lo que se hace, que lo poco que se hace en tantas cosas necesarias. Yo, si tuviera voz, les diría que gasten nuestro dinero en lo que de verdad importa: investigación, cultura, buenos servicios para los ciudadanos... pero yo soy sólo una pobre enferma que ni siquiera irá a votar, porque desafortunadamente seguro que ese día no sabré lo que es eso, ni para qué vale.