Guillermo Alegre
Poeta recién llegado
Una mota de polvo
acaricia mi cara.
Ella
pierde caracteres según la da el viento,
dando de comer a las palomas.
Mis palabras
retuercen al liquido
que intenta sublevarse
de la belleza absoluta
y todo el mundo ríe.
Me acojona mirarte
por causa del efecto espejo
y me asustan
los coches, la tecnología
la savia,tu escote.
Pero me pierdo,
dejando terminar al recuerdo
de lo que se plantean
los cuerdos.
Todo el mundo necesita poesía
pero los susodichos
intentan apuñalarla por la espalda
darle media vuelta
e intentar interpretar
la belleza de lo absurdo.
No soy de comer flores
prefiero mal tratarlas
con mi labia mas perdida
empaparlas de saliva
y que vuelvan
a brotar
de la semilla.
El tiempo me odia
no me deja terminar las acciones futuras
y las recarga con las pasadas,
y de pasada
me maltrata pidiendo auxilio.
Proponiendo otra ronda
de frío sentimiento
y falta de emoción,
yo les grito:
¡No!
Que muero como vivo
escuchando los suspiros
que me arriesga el corazón
lamiendo cada gesto
transcendiendo cada labio
consumiendo cada sexo,
obseso por el mandamiento
de ser todos igual.
acaricia mi cara.
Ella
pierde caracteres según la da el viento,
dando de comer a las palomas.
Mis palabras
retuercen al liquido
que intenta sublevarse
de la belleza absoluta
y todo el mundo ríe.
Me acojona mirarte
por causa del efecto espejo
y me asustan
los coches, la tecnología
la savia,tu escote.
Pero me pierdo,
dejando terminar al recuerdo
de lo que se plantean
los cuerdos.
Todo el mundo necesita poesía
pero los susodichos
intentan apuñalarla por la espalda
darle media vuelta
e intentar interpretar
la belleza de lo absurdo.
No soy de comer flores
prefiero mal tratarlas
con mi labia mas perdida
empaparlas de saliva
y que vuelvan
a brotar
de la semilla.
El tiempo me odia
no me deja terminar las acciones futuras
y las recarga con las pasadas,
y de pasada
me maltrata pidiendo auxilio.
Proponiendo otra ronda
de frío sentimiento
y falta de emoción,
yo les grito:
¡No!
Que muero como vivo
escuchando los suspiros
que me arriesga el corazón
lamiendo cada gesto
transcendiendo cada labio
consumiendo cada sexo,
obseso por el mandamiento
de ser todos igual.