angel del olvido
Poeta asiduo al portal
Eran los tiempos de la guerra, cuando más que nunca, me decidía a convertirme en escritor. Sabía que era difícil ser escritor, puro, rebelde, neurótico y solitario, sabía también que la mujer que dormía en mi cama, con la frecuencia de una fiebre infantil, habría de marcharse pronto. Variadas y aburridas cosas desconocía, odiaba y no obstante, mi ánimo era parecido al de un colegial con el sueño de viajar a la luna (una chequera infinita, unos padres amorosos, una fila de mujeres guapas y estúpidas, una biblioteca de sexos y facilidades) sin importar la incertidumbre que desprende todo cambio, por más dulce y prometedor que sea.
Mi vida consistía en creerme escritor, uno muy grande y vibrante, aunque no hubiera escrito ningún libro. Había cartas, telegramas, relatos, dibujos, conversaciones guardados en una pequeña habitación, usados para intentar matar al hijo de puta del fracaso. No tenía nada, pero estaba contento de ser un vago y tener una mujer bonita a mi lado, muy cerca para oler en sus ojos la huella indeleble de un deseo mortal los ojos dicen tanto cuando puedes oler las pupilas, reconstruir escenarios con tan solo seguir la curvatura de las venas a punto de explotar. Por el olor de sus ojos me llegué a enterar de otros hombres, de otros nombres, de otras ciudades, de otros hoteles. Las yemas son el espacio perfecto para que los adivinos observen verdades y traduzcan mentiras.
Mi vida consistía en creerme escritor, uno muy grande y vibrante, aunque no hubiera escrito ningún libro. Había cartas, telegramas, relatos, dibujos, conversaciones guardados en una pequeña habitación, usados para intentar matar al hijo de puta del fracaso. No tenía nada, pero estaba contento de ser un vago y tener una mujer bonita a mi lado, muy cerca para oler en sus ojos la huella indeleble de un deseo mortal los ojos dicen tanto cuando puedes oler las pupilas, reconstruir escenarios con tan solo seguir la curvatura de las venas a punto de explotar. Por el olor de sus ojos me llegué a enterar de otros hombres, de otros nombres, de otras ciudades, de otros hoteles. Las yemas son el espacio perfecto para que los adivinos observen verdades y traduzcan mentiras.