Poema de una herida que trascendió a la muerte

Aquí terminé, rodeado de sombras.

Aquí estoy acorralado, contando las horas.

Y si todavía éstas no me devoran,

es porque son demasiado ambiciosas.



Creen que haré algo, ni siquiera les temo.

Sé perder, acepto esto. Ellas ganaron.

Devoren lo que queda de mí, ¡háganlo!

Pero no esperen ruegos míos, no les daré ese halago.



Sólo a una persona le rogué en mi vida,

y no hizo caso.

¿Le pediré clemencia a espectros malogrados?

No ansíen más comida, terminen este relato.



Efecto secundario, se me nubla la vista.

Qué más da, creeré estar dormitando.

¿Qué diferencia hay, entre el sueño y la vigilia?

Así me he sentido, desde su partida.



La voz no suena ya. Ah, qué dicha...

¿Descansaré en paz,

luego de ser persona tan maldita?

Reaparezco en la oscuridad, y a la luz soy quien camina.



Su espalda contrasta la salida,

la única que se ilumina.

¿Ahora mis ruegos llegan a ser cumplidos?

Qué bah, doy media vuelta, de regreso a la oscura mina.


Me largo, con las manos en los bolsillos.

¡Prefiero fundirme en el vacío!

Como un mago te creía, mi tranquilidad habías desaparecido.

Hoy descubrí tu truco barato, te la llevaste contigo.
 
Última edición:
Cuando lo damos todo por perdido nuestra voz se calla, para que seguir
insistiendo, será mejor la soledad y el silencio? Dolorosas tus letras,
solo una herida muy profunda puede provocar esta inspiración, lo
siento amiga. Besitos apretados en tus mejillas.
¡Gracias, Anamer! Un abrazo.
 

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