En la urbe se diluye el horizonte,
calles rotas por pasos sin contar.
Grafitis gimen cuentos de la noche,
vidrios rotos reflejan su pesar.
El viento arrastra hojas secas, cartas,
testigos mudos de un amor fugaz.
Sombras trenzan sus manos en la nada,
bajo un farol que titila, ya tenaz.
Rostros borrosos en ventanas viejas,
miradas hundidas en mar de asfalto.
Crujen las puertas, secretos que dejan,
a la deriva, un grito se hace alto.
Bajo puentes, un río de otras vidas,
historias que la ciudad ha engullido.
Almas perdidas, entre escombros, huidas,
eco de pasos que nadie ha oído.
Luces parpadean en un bar vacío,
copas al borde del olvido total.
Una canción se quiebra en el frío,
nota por nota, en caída mortal.
Páginas sueltas vuelan entre esquinas,
diarios de una guerra sin final.
Plásticos cubren cuerpos, rutinas,
la lluvia acida no cesa de arañar.
Un perro cojea junto a la basura,
testigo fiel de la decadencia.
La ciudad exhala su amarga locura,
en cada esquina, promesas sin clemencia.
Autobuses rugen, desesperados,
en el trafico, un monstruo sin piel.
Los rostros dentro, cansados, apagados,
marchan al ritmo de un corazón de papel.
La luna asoma, pálida, recelosa,
sobre techos de zinc y soledad.
Una madre susurra, temerosa,
a su niño, cuentos para soñar.
En callejones murmuran los gatos,
conspiran secretos de la oscuridad.
Cadenas y candados, tratos baratos,
cada sombra esconde su verdad.
En el mercado, el pescado aún sangra,
los ojos de plata miran sin ver.
Manos que escogen, que el tiempo amangra,
vida que muere antes del amanecer.
Sirenas a lo lejos, canto de sirena,
promesa de auxilio que nunca vendrá.
El pulso de la urbe, frenética vena,
corre desbocado sin mirar atrás.
El río de asfalto bajo la luna llena,
refleja los rostros que nadie recordará.
En esta ciudad, la pena es cadena,
el caos dicta, nadie escapará.
Catorce estrofas en el corazón nocturno,
la ciudad despierta, nunca dormirá.
Poeta del caos, en el crudo invierno,
teje con palabras lo que nunca cesará.
calles rotas por pasos sin contar.
Grafitis gimen cuentos de la noche,
vidrios rotos reflejan su pesar.
El viento arrastra hojas secas, cartas,
testigos mudos de un amor fugaz.
Sombras trenzan sus manos en la nada,
bajo un farol que titila, ya tenaz.
Rostros borrosos en ventanas viejas,
miradas hundidas en mar de asfalto.
Crujen las puertas, secretos que dejan,
a la deriva, un grito se hace alto.
Bajo puentes, un río de otras vidas,
historias que la ciudad ha engullido.
Almas perdidas, entre escombros, huidas,
eco de pasos que nadie ha oído.
Luces parpadean en un bar vacío,
copas al borde del olvido total.
Una canción se quiebra en el frío,
nota por nota, en caída mortal.
Páginas sueltas vuelan entre esquinas,
diarios de una guerra sin final.
Plásticos cubren cuerpos, rutinas,
la lluvia acida no cesa de arañar.
Un perro cojea junto a la basura,
testigo fiel de la decadencia.
La ciudad exhala su amarga locura,
en cada esquina, promesas sin clemencia.
Autobuses rugen, desesperados,
en el trafico, un monstruo sin piel.
Los rostros dentro, cansados, apagados,
marchan al ritmo de un corazón de papel.
La luna asoma, pálida, recelosa,
sobre techos de zinc y soledad.
Una madre susurra, temerosa,
a su niño, cuentos para soñar.
En callejones murmuran los gatos,
conspiran secretos de la oscuridad.
Cadenas y candados, tratos baratos,
cada sombra esconde su verdad.
En el mercado, el pescado aún sangra,
los ojos de plata miran sin ver.
Manos que escogen, que el tiempo amangra,
vida que muere antes del amanecer.
Sirenas a lo lejos, canto de sirena,
promesa de auxilio que nunca vendrá.
El pulso de la urbe, frenética vena,
corre desbocado sin mirar atrás.
El río de asfalto bajo la luna llena,
refleja los rostros que nadie recordará.
En esta ciudad, la pena es cadena,
el caos dicta, nadie escapará.
Catorce estrofas en el corazón nocturno,
la ciudad despierta, nunca dormirá.
Poeta del caos, en el crudo invierno,
teje con palabras lo que nunca cesará.