Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Porque todos piensan que cuando escribo hablo de mí. Como si yo fuera tan interesante como el parpadeo de una lámpara rota o el bostezo mal calculado del mediodía. No entienden que escribo para desaparecer, que cada palabra es una forma elegante de hacerme humo. Que el yo que escribo no soy yo, sino una versión traducida mal y sin subtítulos.
Porque todos creen que cada adjetivo tiene mi rostro, cada verbo mis cicatrices, cada pausa mis dudas. Y no, no es así. A veces escribo desde el punto de vista de una mesa que ya no quiere sostener, de un insecto que envidia las alas, de una memoria ajena que me alquila los huesos por un rato.
La autobiografía es un espejo roto que repite las mismas mentiras con distintas luces. Y aun así, me leen como quien revisa un expediente, buscando confesiones entre líneas, como si cada metáfora fuera una pista policial.
Yo no hablo de mí, hablo de lo que se escapa cuando uno se cansa de ser uno. Hablo del abismo con apellido de todos. Pero si insisten en pensar que me retrato en cada texto, que me desnudo en cada verso, que me delato... entonces sí, hablo de mí. Pero de un mí que no conozco, y que quizás tampoco exista.
Porque todos creen que cada adjetivo tiene mi rostro, cada verbo mis cicatrices, cada pausa mis dudas. Y no, no es así. A veces escribo desde el punto de vista de una mesa que ya no quiere sostener, de un insecto que envidia las alas, de una memoria ajena que me alquila los huesos por un rato.
La autobiografía es un espejo roto que repite las mismas mentiras con distintas luces. Y aun así, me leen como quien revisa un expediente, buscando confesiones entre líneas, como si cada metáfora fuera una pista policial.
Yo no hablo de mí, hablo de lo que se escapa cuando uno se cansa de ser uno. Hablo del abismo con apellido de todos. Pero si insisten en pensar que me retrato en cada texto, que me desnudo en cada verso, que me delato... entonces sí, hablo de mí. Pero de un mí que no conozco, y que quizás tampoco exista.