Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
—¿Qué nos pasó? —pregunta el Lobo a la Luna, y su aullido es una grieta en la noche, un eco que se disuelve en el aire sin encontrar respuesta.
La Luna brilla, calla, gira en su órbita distante, indiferente a la herida abierta en la voz del Lobo. Él insiste, levanta la mirada, busca en el resplandor frío algún vestigio de lo que fueron, de las noches en que ella le bañaba el pelaje con su luz y él la amaba desde abajo, fiel, eterno en su espera.
—Nos pasó el tiempo —susurra al fin la Luna, pero su voz es solo un destello fugaz en el agua de un lago inmóvil.
El Lobo baja la cabeza, entiende demasiado tarde que la distancia no es solo un espacio entre dos cuerpos, sino la imposibilidad de tocar aquello que siempre estuvo fuera de su alcance.
La Luna brilla, calla, gira en su órbita distante, indiferente a la herida abierta en la voz del Lobo. Él insiste, levanta la mirada, busca en el resplandor frío algún vestigio de lo que fueron, de las noches en que ella le bañaba el pelaje con su luz y él la amaba desde abajo, fiel, eterno en su espera.
—Nos pasó el tiempo —susurra al fin la Luna, pero su voz es solo un destello fugaz en el agua de un lago inmóvil.
El Lobo baja la cabeza, entiende demasiado tarde que la distancia no es solo un espacio entre dos cuerpos, sino la imposibilidad de tocar aquello que siempre estuvo fuera de su alcance.