Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Un alarido se deshace en la yema,
geometría de bestia recién nacida:
mis uñas escriben sílabas de humo
que el viento cataloga como polvo de estrellas fallidas.
La voz es un reloj de arena al revés,
arena que sube para ahogar las horas.
Mis labios, páginas en blanco
donde el tiempo cosecha sus telarañas.
Quisiera arrancar el grito de la raíz,
exhibirlo como un fósil en vitrina de neuronas,
pero mis dedos son termiteros de silencio,
hormigueros que devoran el alfabeto de los gestos.
El eco se pudre en la garganta:
fruta prohibida en un jardín de espejos opacos.
Cada poro un micrófono roto,
cada hueso, un violín enterrado en cemento.
Grito en código morse con las pestañas,
parpadeos que dibujan constelaciones de ausencia.
El cuerpo, una catedral de ecos tragados:
campanas que repican en el idioma de los ahogados.
Mis huellas guardan silencio en órbita,
planetas sin nombre que orbitan la palabra NADA.
El grito es ahora un manuscrito de huesos,
un mapa de rutas que se desvanecen al respirar.
Y así, entre dedos que son tumbas de alfabetos,
el poema se vuelve un animal geométrico:
una criatura que aúlla sin pulmones,
mordiendo el vacío con dientes de luz fría.
geometría de bestia recién nacida:
mis uñas escriben sílabas de humo
que el viento cataloga como polvo de estrellas fallidas.
La voz es un reloj de arena al revés,
arena que sube para ahogar las horas.
Mis labios, páginas en blanco
donde el tiempo cosecha sus telarañas.
Quisiera arrancar el grito de la raíz,
exhibirlo como un fósil en vitrina de neuronas,
pero mis dedos son termiteros de silencio,
hormigueros que devoran el alfabeto de los gestos.
El eco se pudre en la garganta:
fruta prohibida en un jardín de espejos opacos.
Cada poro un micrófono roto,
cada hueso, un violín enterrado en cemento.
Grito en código morse con las pestañas,
parpadeos que dibujan constelaciones de ausencia.
El cuerpo, una catedral de ecos tragados:
campanas que repican en el idioma de los ahogados.
Mis huellas guardan silencio en órbita,
planetas sin nombre que orbitan la palabra NADA.
El grito es ahora un manuscrito de huesos,
un mapa de rutas que se desvanecen al respirar.
Y así, entre dedos que son tumbas de alfabetos,
el poema se vuelve un animal geométrico:
una criatura que aúlla sin pulmones,
mordiendo el vacío con dientes de luz fría.