Recuerdos antiguos de mis lágrimas de cristal

I.M.G.

Poeta recién llegado
Y que me arranqué el alma y se la ofrecí al peor que los demonios...
Mucho peor que los diablos del septuagésimo séptimo mar.
Copiosamente peor que el perverso Lucifer.
La mayestática materialización del himeneo contrabandista.
Los murmuradores fueron su masticatorio aniquilados en su pero con la peor tortura tartajeada expuesta en la máxima de las atormentaciones: el gigantesco y criminal canto de un dique rompiéndose en una insondable muralla con su confesión intuitiva de un exorbitante flujo de síbilas ardiendo.
El Rey del Mutismo, atentando a su trance sinfín, se descubrió en un pantagruélico sollozo, y yo paranoico, más sádico que el matacabras, morí de espanto, de pavor, de horror.
Ofrecí la cordura de un demente, la alegoría de mi disparate, el prototipo de mi amor.
¡Qué equivalencia más longeva que Matusalem!
Hoy me caso con un alto, un tonto, un huraño fisgón, la fragancia de un augur, la profunda progresión de mi progenie, una margarita carnívora, el lupanar de una noctiluca, diez delincuentes y un boxeador.
 

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