ivoralgor
Poeta fiel al portal
- Me siento cansada Pablo, por favor cierra la ventana y corre las cortinas; no quiero luz. Deja que la lluvia siga repicando en el cristal y de paso llévate las sábanas sucias al lavadero. Cierra quedamente la puerta cuando salgas. Ya deja de mirarme de esa forma que me haces sentir mal.
- No puedo verte de otra manera que no sea esta. Te veo tan cálida, respirando los ayeres, hojeando los recuerdos, pintando de soledad la distancia y aún así te vez hermosa.
La lluvia cuajaba en los bordes de la ventana y Diana seguía sumergida en la oscuridad. Pablo siguió hablando calmosamente y de cuando en cuando miraba por la ventana para dejar escapar un suspiro absorto. Era junio, un lunes tedioso y lleno de recuerdos tempranos. Las aves estaban acurrucadas en sus nidos intentando calentarse y no morir de frío. Cosmo, el perro de raza cocker spaniel, estaba recostado en la entrada del lavadero viendo como la lluvia mojaba las rosas y poco a poco se marchitaban con el golpeteo. En ocasiones suspiraba abruptamente resoplando y la mirada se le veía más triste. De súbito miró a Pablo con las sábanas en las manos; se levanto despacio y movió la cola. Calma muchacho dijo Pablo y dejó las sábanas en la cesta de mimbre. Cambió el agua y le dio comida a Cosmo. Anda, ya tienes agua fresca y comida seca le dijo acariciándole la cabeza y entró de nuevo a la casa. Cosmo se volvió a recostar en la entrada y suspiró abruptamente resoplando.
El silencio de la lluvia dominaba toda la casa, los pasos de Pablo se diluían y los aromas de la cocina huían por los resquicios de la ventana. Diana fingía dormir y sollozaba en la oscuridad intentando recordar sus pies descalzos impregnados de arena y salitre. Los ladridos de Cosmo sacaron de su inconsciencia a Pablo que tomaba un café en la cocina. Lastimosamente se levantó de la silla y se fue a mirar por la ventana y no vio a nadie. Es temprano para que alguien venga y más con este tiempo pensó Pablo y volvió a la silla a terminarse el café que ya estaba frío y más amargo de lo habitual. Al terminarse el café decidió sentarse en el sofá de la sala y dormitar un poco mientras esperaba el medio día para darle los medicamentos a Diana que creía dormida.
El ronroneo de un automóvil aceleró el corazón de Cosmo y sus ladridos se hicieron más ávidos. Se estacionó a escasos dos metros de la puerta de la cocina. La lluvia cesó por unos instantes, los cuales aprovecharon los tripulantes del automóvil.
- Entren a la casa niños, rápido dijo con voz apresurada Silvia que desactivaba los seguros de las puertas traseras.
- Vean si Cosmo tiene comida y agua dijo Carlos al bajar y escuchó el grito de Pedro, su hijo mayor.
- Antes de irnos le cambié el agua y le di comida.
Silvia y Carlos iban y venían con los víveres que compraron en el supermercado. Ximena, la hija menor, dejó salir una sonrisa tierna y se dirigió a Carlos: ¿puedo ver un ratito la televisión en la sala? Sobraron las palabras y se dirigió corriendo al sofá.
- Carlos, ¿será cierto lo que dicen los vecinos? preguntó Silvia reflejando en su rostro un atisbo de preocupación.
- El señor de bienes raíces me comentó que aquí vivieron dos ancianos que murieron hace ya cinco años, pero nada del otro mundo.
- Los niños me han dicho que en la escuela les dicen que en esta casa se oyen ruidos y se sienten olores en días lluviosos.
- No sé si sea cierto pero a veces oigo un llanto y cuando vengo a la cocina siento un aroma a café por de más amargo. Creo que es el tedio de los días lluviosos y los recuerdos tempranos de la casa. No te preocupes de más dijo dándole un beso en los labios.
- Creo que sí dijo Silvia cerrando la puerta detrás de sí y dejar la última bolsa de víveres en la mesa de la cocina.
- No puedo verte de otra manera que no sea esta. Te veo tan cálida, respirando los ayeres, hojeando los recuerdos, pintando de soledad la distancia y aún así te vez hermosa.
La lluvia cuajaba en los bordes de la ventana y Diana seguía sumergida en la oscuridad. Pablo siguió hablando calmosamente y de cuando en cuando miraba por la ventana para dejar escapar un suspiro absorto. Era junio, un lunes tedioso y lleno de recuerdos tempranos. Las aves estaban acurrucadas en sus nidos intentando calentarse y no morir de frío. Cosmo, el perro de raza cocker spaniel, estaba recostado en la entrada del lavadero viendo como la lluvia mojaba las rosas y poco a poco se marchitaban con el golpeteo. En ocasiones suspiraba abruptamente resoplando y la mirada se le veía más triste. De súbito miró a Pablo con las sábanas en las manos; se levanto despacio y movió la cola. Calma muchacho dijo Pablo y dejó las sábanas en la cesta de mimbre. Cambió el agua y le dio comida a Cosmo. Anda, ya tienes agua fresca y comida seca le dijo acariciándole la cabeza y entró de nuevo a la casa. Cosmo se volvió a recostar en la entrada y suspiró abruptamente resoplando.
El silencio de la lluvia dominaba toda la casa, los pasos de Pablo se diluían y los aromas de la cocina huían por los resquicios de la ventana. Diana fingía dormir y sollozaba en la oscuridad intentando recordar sus pies descalzos impregnados de arena y salitre. Los ladridos de Cosmo sacaron de su inconsciencia a Pablo que tomaba un café en la cocina. Lastimosamente se levantó de la silla y se fue a mirar por la ventana y no vio a nadie. Es temprano para que alguien venga y más con este tiempo pensó Pablo y volvió a la silla a terminarse el café que ya estaba frío y más amargo de lo habitual. Al terminarse el café decidió sentarse en el sofá de la sala y dormitar un poco mientras esperaba el medio día para darle los medicamentos a Diana que creía dormida.
El ronroneo de un automóvil aceleró el corazón de Cosmo y sus ladridos se hicieron más ávidos. Se estacionó a escasos dos metros de la puerta de la cocina. La lluvia cesó por unos instantes, los cuales aprovecharon los tripulantes del automóvil.
- Entren a la casa niños, rápido dijo con voz apresurada Silvia que desactivaba los seguros de las puertas traseras.
- Vean si Cosmo tiene comida y agua dijo Carlos al bajar y escuchó el grito de Pedro, su hijo mayor.
- Antes de irnos le cambié el agua y le di comida.
Silvia y Carlos iban y venían con los víveres que compraron en el supermercado. Ximena, la hija menor, dejó salir una sonrisa tierna y se dirigió a Carlos: ¿puedo ver un ratito la televisión en la sala? Sobraron las palabras y se dirigió corriendo al sofá.
- Carlos, ¿será cierto lo que dicen los vecinos? preguntó Silvia reflejando en su rostro un atisbo de preocupación.
- El señor de bienes raíces me comentó que aquí vivieron dos ancianos que murieron hace ya cinco años, pero nada del otro mundo.
- Los niños me han dicho que en la escuela les dicen que en esta casa se oyen ruidos y se sienten olores en días lluviosos.
- No sé si sea cierto pero a veces oigo un llanto y cuando vengo a la cocina siento un aroma a café por de más amargo. Creo que es el tedio de los días lluviosos y los recuerdos tempranos de la casa. No te preocupes de más dijo dándole un beso en los labios.
- Creo que sí dijo Silvia cerrando la puerta detrás de sí y dejar la última bolsa de víveres en la mesa de la cocina.