James Daniela
Poeta recién llegado
Recuerdo, en mi lejana memoria, nuestras risas en tu sofá, y los besos que nos dábamos cuando caía la noche. La ternura de tus labios al rozar mi piel, besar mi pelo, acariciar mi mejilla. ¿Cómo pueden ser tan efímeros esos momentos?
Recuerdos vanos de una historia pérdida.
¿Cuántas razones debe tener una historia para llegar a su fin?
Cuan importante es tener en cuenta el epílogo para saber de qué se trata y elegir si cerrar el libro o meterse en sus páginas.
Tal vez, nuestras hojas se fueron rompiendo a medida que el libro se hacía viejo y gastado.
Tal vez, las razones del final de nuestra historia quedaron borroneadas, y dejamos la interpretación libre para el lector.
Tal vez, nos dimos por centado y nos sumamos al juego de la hipocresía, estando juntos, pero no al lado del otro, y buscando formas para evadirnos.
Tal vez, fueron mis quejas golpeando tu puerta, o mis defectos guardados en tu cajón.
Quizás, descubriste que no era tan especial como imaginabas; tan única.
Puede que mi corazón roto no me dejara darlo todo, y no llegué a sentir lo que esperabas, o lo que yo esperaba.
Tal vez, hubo un quiebre en la ilusión que quedó tendida en el suelo frío de mi cuadro, y la pobre confianza se llevó las ganas desgastando nuestros besos.
Quizás, la rutina canso nuestros abrazos y estos se hicieron mecánicos.
Puede que el té de nuestras tardes de domingos se haya enfriado, y la constancia de extrañarnos menguaba mientras nos escudábamos en excusas para no vernos.
Puede que nuestros espacios en los dedos se llenaron de promesas que quebradas, de enojos y discusiones estúpidas que, poco a poco, fueron separando tu mano de la mía.
Quizás, acariciar mi piel te empezó a parecer aburrido, y limpiar mis lágrimas un trabajo tedioso, donde cada una, lamentaba salirse de mis ojos, porque no te importaba sus razones.
Tal vez, empezaste a darte cuenta que no encajabas en mi mundo inestable y desorganizado.
Puede que tus manías ya no me causaron gracia y empezaron a volverme loca; y tú filosofía, en cuanto al amor, ya no la compartía.
Tal vez tus formas de conformarte y querer conformarme a mi. Cuando los dos sabíamos que merecíamos más que un amor sin ganas.
Quizás mi miedo de equivocarme al soltarte.
Quizás mi miedo de equivocarme al tenerte.
Quizás mi miedo de acostumbrarme a equivocarme.
Entonces, puede que tus razones o puede que las mías, no lo sé. Tal vez todo queda en un tal vez.
Recuerdos vanos de una historia pérdida.
¿Cuántas razones debe tener una historia para llegar a su fin?
Cuan importante es tener en cuenta el epílogo para saber de qué se trata y elegir si cerrar el libro o meterse en sus páginas.
Tal vez, nuestras hojas se fueron rompiendo a medida que el libro se hacía viejo y gastado.
Tal vez, las razones del final de nuestra historia quedaron borroneadas, y dejamos la interpretación libre para el lector.
Tal vez, nos dimos por centado y nos sumamos al juego de la hipocresía, estando juntos, pero no al lado del otro, y buscando formas para evadirnos.
Tal vez, fueron mis quejas golpeando tu puerta, o mis defectos guardados en tu cajón.
Quizás, descubriste que no era tan especial como imaginabas; tan única.
Puede que mi corazón roto no me dejara darlo todo, y no llegué a sentir lo que esperabas, o lo que yo esperaba.
Tal vez, hubo un quiebre en la ilusión que quedó tendida en el suelo frío de mi cuadro, y la pobre confianza se llevó las ganas desgastando nuestros besos.
Quizás, la rutina canso nuestros abrazos y estos se hicieron mecánicos.
Puede que el té de nuestras tardes de domingos se haya enfriado, y la constancia de extrañarnos menguaba mientras nos escudábamos en excusas para no vernos.
Puede que nuestros espacios en los dedos se llenaron de promesas que quebradas, de enojos y discusiones estúpidas que, poco a poco, fueron separando tu mano de la mía.
Quizás, acariciar mi piel te empezó a parecer aburrido, y limpiar mis lágrimas un trabajo tedioso, donde cada una, lamentaba salirse de mis ojos, porque no te importaba sus razones.
Tal vez, empezaste a darte cuenta que no encajabas en mi mundo inestable y desorganizado.
Puede que tus manías ya no me causaron gracia y empezaron a volverme loca; y tú filosofía, en cuanto al amor, ya no la compartía.
Tal vez tus formas de conformarte y querer conformarme a mi. Cuando los dos sabíamos que merecíamos más que un amor sin ganas.
Quizás mi miedo de equivocarme al soltarte.
Quizás mi miedo de equivocarme al tenerte.
Quizás mi miedo de acostumbrarme a equivocarme.
Entonces, puede que tus razones o puede que las mías, no lo sé. Tal vez todo queda en un tal vez.