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Poeta fiel al portal
Un tugurio llamado vida
Le daban todos los días las doce,
seduciendo la noche con jeans y camisa elegante
hasta que el encanto trastorna.
"Era siempre la misma emoción colgando de su ombligo"
El objeto fútil de sus labios con el mundo
-torre de Babel- confundiendo su
única lengua entorpecida,
en un único éxodo de una vía polvorienta
vestida con los harapos de este demudado hombre,
mientras en el fondo de su vientre
un simple respiro retrasaba y detenía el tiempo.
Ayer fue esclavo y fugitivo
como aquellos ciervos que dejan la piel en las espinas por huir
y su mano era el mapa de ida y de regreso al mismo cardo.
¡No importaba donde!
La tierra era solo un lugar con cuatro esquinas imposibles
de esconder lo nefasto del calor que incineraba:
su valor, su cuerpo y su inocencia.
Allá los dioses solo veían la inflexión sin importarles el devenir
ni la carne putrefacta en el olvido.
¡Desde los montes ni las aves rapaces festejarían con estos restos!
Sabía de acre y de residuo de mundo
como resina amarga en el caudal de la agonía
donde se sacian los demonios de la miseria y la bajeza humana.
Empedernida, como molino oxidado la mañana empujaba sus pasos y andar, llevándose:
lo traumático, lo venéreo, y lo fugaz
de una noche más en este cosmos de ojos vibrantes y tristes.
Te lloró:
con sus ojos, con su piel y alma.
La piedad carcomía el hueso y la virtud en su lecho de hormigón,
tendido como lamina de metal retorcido bajo el sol y su luz,
su agua rego la vía de la vida
y las agujillas del tiempo
como rosas vaciando el roció de su caliz.
-ni sorbo, ni miel en su espejismo-
el mismo infierno
el mismo viajero
el mismo deseo de agua de vida
sacudiendo la lengua como víbora
para evitar este fuego.
Sin embargo, la rosa ya no vierte su jarabe.
¡Esta rancia y marchita!
Debajo de ese cuadro de naturaleza muerta
el pintor ya no tiene más tragedia.
En su fondo aún, algo de esencia por instinto
como caballo alado resurge y casi vuelve a poblar
cada poro, cada acierto hasta lo profundo de sus parpados
como dos costales de viento
que suavemente mecen la silueta confundida,
como meridianos desconocidos y/o
ejes de tierra paganos y profanos anclando más humo a su boca
y su néctar de vida en su último ritual.
En lo estéril de esta marioneta y su pensamiento
su fruto rojizo sangra perennemente en las arterias sociales
donde se acurruca el beso más profundo y frio de su boca
divirtiendo un poco más a las alimañas.
Le daban todos los días las doce,
seduciendo la noche con jeans y camisa elegante
hasta que el encanto trastorna.
"Era siempre la misma emoción colgando de su ombligo"
El objeto fútil de sus labios con el mundo
-torre de Babel- confundiendo su
única lengua entorpecida,
en un único éxodo de una vía polvorienta
vestida con los harapos de este demudado hombre,
mientras en el fondo de su vientre
un simple respiro retrasaba y detenía el tiempo.
Ayer fue esclavo y fugitivo
como aquellos ciervos que dejan la piel en las espinas por huir
y su mano era el mapa de ida y de regreso al mismo cardo.
¡No importaba donde!
La tierra era solo un lugar con cuatro esquinas imposibles
de esconder lo nefasto del calor que incineraba:
su valor, su cuerpo y su inocencia.
Allá los dioses solo veían la inflexión sin importarles el devenir
ni la carne putrefacta en el olvido.
¡Desde los montes ni las aves rapaces festejarían con estos restos!
Sabía de acre y de residuo de mundo
como resina amarga en el caudal de la agonía
donde se sacian los demonios de la miseria y la bajeza humana.
Empedernida, como molino oxidado la mañana empujaba sus pasos y andar, llevándose:
lo traumático, lo venéreo, y lo fugaz
de una noche más en este cosmos de ojos vibrantes y tristes.
Te lloró:
con sus ojos, con su piel y alma.
La piedad carcomía el hueso y la virtud en su lecho de hormigón,
tendido como lamina de metal retorcido bajo el sol y su luz,
su agua rego la vía de la vida
y las agujillas del tiempo
como rosas vaciando el roció de su caliz.
-ni sorbo, ni miel en su espejismo-
el mismo infierno
el mismo viajero
el mismo deseo de agua de vida
sacudiendo la lengua como víbora
para evitar este fuego.
Sin embargo, la rosa ya no vierte su jarabe.
¡Esta rancia y marchita!
Debajo de ese cuadro de naturaleza muerta
el pintor ya no tiene más tragedia.
En su fondo aún, algo de esencia por instinto
como caballo alado resurge y casi vuelve a poblar
cada poro, cada acierto hasta lo profundo de sus parpados
como dos costales de viento
que suavemente mecen la silueta confundida,
como meridianos desconocidos y/o
ejes de tierra paganos y profanos anclando más humo a su boca
y su néctar de vida en su último ritual.
En lo estéril de esta marioneta y su pensamiento
su fruto rojizo sangra perennemente en las arterias sociales
donde se acurruca el beso más profundo y frio de su boca
divirtiendo un poco más a las alimañas.
Vuelve el invierno y cada estación pero jamás volverá su canto de ruiseñor
ni su aleteo en lo alto del zenit de esta luz