Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
Recuerdos
Estoy escuchando la canción que puse a sonar un día, la primera que te dediqué. Recuerdo que subía las escaleras poco a poco y sentía que tal vez nunca habías existido, que tu presencia en frente del computador, entre los archivadores, era una imagen fantasmagórica de mis sueños. Pero efectivamente siempre estabas allí para cegarme tiernamente con tu mirada de roca. Siempre estabas quieta… fue la primera vez que me puse en la tarea de hacer mover a una mujer quieta para mi.
Me gustaría tener un indicador inicial de tu gusto, una medida de lo que sentías con mis primeros besos, mis besos tímidos y ladrones de tu cuello, mis besos que en silencio te contaban los lunares, mis besos tiernos que se morían por besarte el alma y tus pezones morados.
Recuerdo que una vez negociamos diez besos en tus suaves mejillas por uno en tu boca cada vez que subiera esas benditas escaleras… escuchando starway to heaven, canción a la que quise por ti.
Y lo pensaste y te dejaste seducir por el trueque, por el negocio irracional del amor. Por eso eres especial, porque a pesar de tu genio, de tu temperamento levitando en la ternura de tus ojos, de tu voz de ardilla animada… me arriesgue, me arriesgue como nunca lo había hecho por una mujer en mi vida.
Lloré, sufrí, te odié y te amé como un bombillo intermitente descansando en su musgo artificial, vil musgo húmedo de plastico no reciclable. Finalmente fui más allá de los que decía tu primera canción: “sin poderte hablar” Me preguntó siempre en que falle, ¿porque tu amor dual tomo el rumbo de una balanza injusta? ¿En que fallé, que tenía él que no tuviera yo?
Unos versos para ti en donde quiera que estés, en cualesquiera brazos velludos y masculinos de príncipes azules que te desvelen:
Notas graves de un triste redoblar
en algún lugar de los recuerdos;
hoy nuestro baúl se inunda
como tus ojos ciegos por la pestañina,
lágrimas sucias por miradas de recelo,
letras indescriptibles llenas de barro y mentira.
Estoy escuchando la canción que puse a sonar un día, la primera que te dediqué. Recuerdo que subía las escaleras poco a poco y sentía que tal vez nunca habías existido, que tu presencia en frente del computador, entre los archivadores, era una imagen fantasmagórica de mis sueños. Pero efectivamente siempre estabas allí para cegarme tiernamente con tu mirada de roca. Siempre estabas quieta… fue la primera vez que me puse en la tarea de hacer mover a una mujer quieta para mi.
Me gustaría tener un indicador inicial de tu gusto, una medida de lo que sentías con mis primeros besos, mis besos tímidos y ladrones de tu cuello, mis besos que en silencio te contaban los lunares, mis besos tiernos que se morían por besarte el alma y tus pezones morados.
Recuerdo que una vez negociamos diez besos en tus suaves mejillas por uno en tu boca cada vez que subiera esas benditas escaleras… escuchando starway to heaven, canción a la que quise por ti.
Y lo pensaste y te dejaste seducir por el trueque, por el negocio irracional del amor. Por eso eres especial, porque a pesar de tu genio, de tu temperamento levitando en la ternura de tus ojos, de tu voz de ardilla animada… me arriesgue, me arriesgue como nunca lo había hecho por una mujer en mi vida.
Lloré, sufrí, te odié y te amé como un bombillo intermitente descansando en su musgo artificial, vil musgo húmedo de plastico no reciclable. Finalmente fui más allá de los que decía tu primera canción: “sin poderte hablar” Me preguntó siempre en que falle, ¿porque tu amor dual tomo el rumbo de una balanza injusta? ¿En que fallé, que tenía él que no tuviera yo?
Unos versos para ti en donde quiera que estés, en cualesquiera brazos velludos y masculinos de príncipes azules que te desvelen:
Notas graves de un triste redoblar
en algún lugar de los recuerdos;
hoy nuestro baúl se inunda
como tus ojos ciegos por la pestañina,
lágrimas sucias por miradas de recelo,
letras indescriptibles llenas de barro y mentira.
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