Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
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30/06/2011
En ese rincón del mundo, en ese silencio sepulcral, se quedó mirando por los ventanales cómo caían las últimas gotas de agua de lo que parecía una gran tormenta. Miraba absorto, alejado de lo que sucedía a su alrededor. Esperaba, ahí, observando el caer de cada gota, que salpicaba en el lado externo del cristal del ventanal.
Se quedó un tiempo así, como esperando un tren. Un tren que se deslizaría por la biblioteca y, arroyando todos esos libros y silencios con su máquina bestial y de aspecto endemoniado, le llevará de esos instantes. Había tenido ya unas cuantas rupturas a las espaldas.
Aunque no era un tipo con mucha experiencia respecto a las relaciones de pareja, esta última dolía, goteaba como esas gotitas de agua, como si fueran gotas de sangre. La última gota era una marca de carmín en su pómulo derecho.
No le gustaba. Era verdad. Eso de buscar novia no le gustaba, esa idea no le era una gran mella, pero cuando la tenía o cuando la deseaba a una mujer y, luego, la perdía, le dolía como si le hubiesen acuchillado y hecho un tajo en medio y en línea recta en todo su cuerpo con las cuchillas de Freddy Krueger. Por eso, la herida le estaba sangrando, poco a poco, al igual que caían esas gotas de agua.
Era la hora de irse, y el tren no había llegado. Eso le fastidiaba aun más. Ahora esperaba un extraño suceso como un hechizo que hiciera cobrar vida las páginas de los libros y se formase un caos colosal, para que dentro de ese caos naciese la Gea de su vida y pudiese salir un poco de luz entre esa tempestad de día que asomaba fuera de la biblioteca. Pero nada de eso sucedió. Eso son cosas de locos bohemios que se crean sus propias historias mágicas alrededor de los libros y las bibliotecas.
En realidad, las bibliotecas son una cárcel, como la que decía estar Becquer, llena de oscuridad en donde se esconden los presos de la ilusión, aunque hay prisiones peores que las de los libros. Eso dice Zafón.
Luego, ya recogiendo sus libros, imaginó que entraba un dragón o un fénix, o, mejor, un híbrido de las dos cosas, y aparecía entre las ventanas, asomando su hocico con su humo, al igual que el tren que imaginó antes, e iluminaba ese rincón con sus llamas. Para luego hacer de San Jorge, aunque en este caso haciendo migas con el dragón para irradiar con sus ascuas de vida y ceniza todo ese lugar.
Pero, tampoco, nada de eso sucedió. Y se desilusionó más. Un tren, un dragón ¿Qué faltaba? Sí, un autómata o mecano lleno de fuego que apareciese a retarle con sus pulmones de ceniza, humo y alquitrán. En eso que decían los del gobierno en las cajetillas de tabaco en que se iban a convertir los fumadores. Éste estaría dirigido por un titiritero maligno o un mago de magia oscura, como llamaban de modo arcaico a un científico loco como Victor Frankestein, que intentase matarle. Finalmente, lo derrotaría al ser ese, el cual desearía morir ante tal macabra existencia, sin antes no matar su creador, en este caso a sus manos y no por el frío polar y el odio como Victor.
Pensó cómo era la mente y cómo se evadía de la realidad, de esa realidad en una aburrida biblioteca, a las que amaba y encantaba habitar entres sus letras llenas de mil seres, alrededor de esa tormenta que acababa de dejar sus últimas lágrimas y un mortal silencio se hundía en cada rincón. Y él imaginándose todo eso. Guardó todos los libros en su mochila. Y le dolió aún más el ver un libro regalado por ella, el cual intentó evitar ver para no tener que pensar más.
Todas esas cosas, y no se había fijado en la mirada furtiva de alguien. De una persona que lo veía todo los días. La chica se acercó, tímida como él, y empezaron a hablar. Más bien a discutir de libros, de una manera amable a lo que se entiende al significado habitual del verbo. Ese era el modo que tenían para hablar con otras personas y el modo que más le gustaba para huir, evadirse y ensoñar fuera de la realidad. Luego, fueron unos cafés. Después una cena. Y, después de todo eso, una noche juntos en la cama, soñando el uno con el otro, ya no fuera de la realidad, palpable por sus manos deseosas del uno del otro, y lejanos el uno del otro, sino juntos el uno con el otro.