Paco Roijalambre
Poeta recién llegado
El Rock & Roll
Hoy es el día. Nervios, tensión, cuánto tiempo queda, puedo ir al baño... De camino al lugar del concierto, te topas con todos los semáforos en rojo y te imaginas qué ocurriría si no estuvieras allí a tu hora: los fans con sus ilusiones por los suelos, algunas personas pidiendo el dinero de las entradas mientras otras tantas esperan a alguien con noticias nuevas. Pero nada de eso va a ocurrir, tenemos tres horas de antelación.
Al llegar, el calor de 30º te baja de golpe a la realidad: El micrófono está caliente, los músicos desafinan y no hay nadie viéndote... Bueno, salvo algunos familiares: Es el ensayo. Al fin, dejamos todo a punto, pero le toca a la banda telonera calentar motores. Aprovechas para beber agua, mojarte la cara y hablar con los colegas.
Mientras escuchas algún desafine, comentas el buen partido de Messi o cómo perdió las llaves tu madre y después las encontró en el congelador. Sin saber cómo pasa el tiempo, te mandan a la trastienda.
Se abren las puertas. Entran los primeros agolpándose en las primeras posiciones. Oyes griterío afuera, y te admira que se congregue tanta gente. Te tomas unas cervecitas para pillarte el puntito de gracia. Tocan los teloneros.
Todos los allí concentrados te esperan a tí. Pero estiran sus músculos antes de que pises el escenario. Un repaso al set-list y entonas la voz con un balbuceo gritón de Highway to Hell.Es la hora. Regresa la banda anterior a su camerino y te desea suerte. Se suben al escenario los músicos primero.
Las notas sueltas de precalentamiento se confunde con la algarabía previa al concierto. Los micrófonos están listos.
Comienza la batería con el piano electrónico. Está sonando la introducción de la canción. Te colocas detrás del telón. Cogen las guitarras y demás instrumentos el ritmo. La melodía fluye. Esto va a comenzar. Sales y comienzas a cantar. Llega la locura, los flashes, los gritos...
Recorres el escenario y miras a cada uno a los ojos. Saludas al club de los imposibles. Se acerca peligrosamente el estribillo. Se produce el delirio cuando dejas que cante el público a través de tu micrófono.
Bailas con las guitarras, sonríes al batería y echas miradas cómplices al piano. Estás en las venas de la canción y te estás perdiendo en ella. A esto se lo denomina trance. Llegan los últimos acordes y recibes un fuerte aplauso. El cielo te ha sido concedido.
