Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
No es tu corazón, ni el oro de tu médula, el acertijo que me ha desvelado en el sinsentido del tiempo; sino su razón misma, el soliloquio de un misterio que ebrio se ha desbocado en la oscuridad. Ha sido el enigma de las uvas, que labrando tu pelo como un albur, han enracimado los infinitos abalorios de tus pómulos con el color de las eras. No es el llanto, ni tu doctrina, sino la pieza invisible que pulsa el reloj de las veredas y los pájaros, el elemento en sí tan breve y eterno como un soplido. Y a pesar del baile triste de las mariposas en invierno, ellas han jurado sin embargo quererse así. Pero cómo pudo el sueño equivocarse tanto, errar de mundo o cuna. No ha querido la costilla blanca de la luna hacerte huérfana entre sus manchas. No han querido, extender a tu brazo puro debajo de tu frente dormida, las constelaciones que gobiernan la luz del espacio. Lo demás, es tan quebradizo como las palabras al intento de hablar.