Tobare
Poeta recién llegado
Irreales números viajando
dentro de bursátiles bolsas,
trazando plásticas perspectivas
de maquillajes, pantallas, fealdades ocultas.
Deambulo y observo;
diviso perfiles, biografías, translúcidos desprecios,
pero sigo recorriendo
esta ciudad empolvada de Santiago
en medio de tímidas tinieblas,
debatiendo, dialogando
con ahogadas voces
provenientes de incomunicadas patrias.
(Y veo con claridad
cómo pétalos resecos
me señalan los caminos
por cuyas veredas asoman
ancianas de frías manos
para invitarme a sus moradas
a beber un poco de leche con galletas).
Porque en esta ciudad yo fui testigo
de modernos trenes transportando bajo tierra
a señoras que no ceden los asientos
en frente de gravídicas piernas
de treinta y ocho semanas.
Y en las plazas uno puede ver
gorditos haciendo ejercicio
encima de oxidadas máquinas
mientras que en Mall Plaza, Costanera, Parque Arauco
las anoréxicas hacen fila para el baño
dispuestas a vomitar
los últimos canapés del desayuno;
y una vez terminado el rezo diario,
se retiran de tacones, minifaldas, oscuras gafas,
y miran sus raquíticos reflejos
sobre la vitrina de alguna tienda de lencería.
-Todo esto mientras sangran en sus diarios
sus añejos secretos de Victoria-.
Y continúan cayendo los votos,
las deudas,
rancias democracias,
y luego la palurda sonrisa
de algún multimillonario presidente latinoamericano,
acechándome en primer plano
desde publicitarias pantallas.
Ídolos caídos,
ídolos que no fueron,
ídolos que no fueron ni serán,
pues se encuentran en alguna caja de supermercado
pidiendo un crédito y comprando pan.
(Y mientras esto pasa,
la cajera piensa,
pero no sabemos lo que piensa,
porque, ¿qué es lo que se tiene que pensar
cuando se está frente a ese bip perpetuo
sumando el monto total a pagar?)
Observo y derramo lágrimas resecas,
luego una foto, selfie, inmortalidad anhelada,
subida a alguna red social:
ojalá que sea la última de moda
y recibir por lo menos veinte likes.
Porque ya ni sé qué es lo que se tiene que pensar
cuando se está escribiendo poesía
sobre la pantalla de mi propio celular
(Iphone 7 model A1660, designed in California. Made in China)
Así que ya pienso en terminar de digitar
este mal poema que no rima
-y de métrica para qué vamos a hablar-.
Lo concluyo abrupto
y lo tiro a la basura
otro suspiro se ha quedado a oscuras.
15 de Enero 2018
dentro de bursátiles bolsas,
trazando plásticas perspectivas
de maquillajes, pantallas, fealdades ocultas.
Deambulo y observo;
diviso perfiles, biografías, translúcidos desprecios,
pero sigo recorriendo
esta ciudad empolvada de Santiago
en medio de tímidas tinieblas,
debatiendo, dialogando
con ahogadas voces
provenientes de incomunicadas patrias.
(Y veo con claridad
cómo pétalos resecos
me señalan los caminos
por cuyas veredas asoman
ancianas de frías manos
para invitarme a sus moradas
a beber un poco de leche con galletas).
Porque en esta ciudad yo fui testigo
de modernos trenes transportando bajo tierra
a señoras que no ceden los asientos
en frente de gravídicas piernas
de treinta y ocho semanas.
Y en las plazas uno puede ver
gorditos haciendo ejercicio
encima de oxidadas máquinas
mientras que en Mall Plaza, Costanera, Parque Arauco
las anoréxicas hacen fila para el baño
dispuestas a vomitar
los últimos canapés del desayuno;
y una vez terminado el rezo diario,
se retiran de tacones, minifaldas, oscuras gafas,
y miran sus raquíticos reflejos
sobre la vitrina de alguna tienda de lencería.
-Todo esto mientras sangran en sus diarios
sus añejos secretos de Victoria-.
Y continúan cayendo los votos,
las deudas,
rancias democracias,
y luego la palurda sonrisa
de algún multimillonario presidente latinoamericano,
acechándome en primer plano
desde publicitarias pantallas.
Ídolos caídos,
ídolos que no fueron,
ídolos que no fueron ni serán,
pues se encuentran en alguna caja de supermercado
pidiendo un crédito y comprando pan.
(Y mientras esto pasa,
la cajera piensa,
pero no sabemos lo que piensa,
porque, ¿qué es lo que se tiene que pensar
cuando se está frente a ese bip perpetuo
sumando el monto total a pagar?)
Observo y derramo lágrimas resecas,
luego una foto, selfie, inmortalidad anhelada,
subida a alguna red social:
ojalá que sea la última de moda
y recibir por lo menos veinte likes.
Porque ya ni sé qué es lo que se tiene que pensar
cuando se está escribiendo poesía
sobre la pantalla de mi propio celular
(Iphone 7 model A1660, designed in California. Made in China)
Así que ya pienso en terminar de digitar
este mal poema que no rima
-y de métrica para qué vamos a hablar-.
Lo concluyo abrupto
y lo tiro a la basura
otro suspiro se ha quedado a oscuras.
15 de Enero 2018
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