Sabe Dios por qué.

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Poeta recién llegado
Se encontró con la soledad rodeándolo discretamente, apenas perceptible, con manto de fría
sombra. Solo. Enteramente solo. Con ojos entrecerrados, enfebrecidos, hurgaba entre las
oscuridad, tratando de entender cómos y porqués. Pero sin respuesta.

Antes de este ahora, un Sueño le había susurrado visiones al oído. Alentado, apasionado en
éste Sueño, se lanzó a vivirlo, a buscarle realidad. Lo tomó entre las manos como una hogaza
fresca, su hogaza. Lo partió y salió al mundo a compartirlo. A entregarlo entre aquellos que le
rodearan.

¿Y qué fue entonces?

Primero fueron las circunstancias físicas que sintió truncantes. Habitación oscura y húmeda
sin electricidad, parquedad de alimento, escueta forma de vivir.

Pequeña, sí, pero existente esa cierta amargura ligerita en el fondo de la boca, una
sensación de sentirse imposibilitado de algo mejor, defraudado. Se dijo que no importaba, que
era un punto de comienzo y que todo comienzo surge de las tinieblas, del caos, de lo poco. Y con
esas palabras alzó su ánimo y siguió adelante.

¿Y qué vino después?

La frustración, esa de no entender y no ser entendido.

«¿Acaso hay alguno que no haya vivido esto? Todos pasan por algo similar». Diálogo
interno, con uno mismo. Una forma de alentarse de nuevo, darse nuevo brío. Seguir.

¿Y?

¿Hay algo peor a lo que sigue?

¿Peor que encontrar oídos sordos y miradas incrédulas? Risas nerviosas, ojos evasivos.

¿Por qué la falta de apoyo, la angustia de sentirse bicho raro?

¿Por qué el Sueño?

Hay mañanas en que pesa tanto el Sueño.

Y no es decir la modorra, no, es EL Sueño. Ése que lleva y ha llevado hasta esta habitación,
anhelando compartirse, entregarse a quienes rodean.

¿Cómo explicar el brillo magnífico que tiene el agua, el aire, las cosas, la vida misma? ¿Por
qué los que rodean se niegan a escuchar espontaneadas, a compartir locura?

¿Y cómo se ahuyenta esa sensación, esas preguntas de sentirse equivocado y pensar que tal
vez los otros están en lo correcto y es uno el que tiene que cambiar, crecer, madurar?

La pelea entre un Sueño anhelante de realidad y una realidad que desprecia los sueños.

Estoy viendo al Sueño perder y sigo apostándole todo.

Eso es amargo, muy amargo. Tan amargo que me gustaría poder quedarme aquí,
regocijándome en el dolor. Pero el Sueño me alienta, me da bríos de seguir peleando hasta
conseguirlo. Y salgo cada día.

¡Ah! Ya dejé de escribir en tercera persona.

Y también dejé el pasado.

Quise hacer que fuera otro quien vive estas dudas, estas ansiedades, pero no hay otro, sólo
Yo, otro otro más.

Y no sé responder. No sé cómo decir que ésta es la peor crueldad de todas, la más dolorosa.

La de sentirse animado a imaginar, a inventar, a Soñar. La de creer que es posible que el Amor
existe en esa forma anhelada. Que caminar con buen paso y dedicar alma, cuerpo, actos, todo el
ser… que eso vale, penas y alegrías y más.

¿Y cómo es que sigo?

Eso que más duele, esa peor crueldad de todas no viene de las miradas que juzgan a uno de
bicho raro. Ni tampoco de las risas burlonas. No viene de afuera.

Viene de adentro.

De creer y seguir pero dudar y musitarse «¿Y si no? ¿Y si estoy equivocado?»

Entonces el Sueño habla esperanza, dice que vale la vida el, al menos, intentarlo…

¿Cómo creer? ¿A quién?

¿A mí?

¿A los otros, los de afuera, los de adentro?

El Sueño pesa tanto, tanto. Pesa que no me deje dejarlo, pesa que me dé más fuerzas para
seguir, pesa apostarle todo mientras lo veo perder. Pesa en dolores, en decepciones, en defraudes.

En encontrar ideas rotas, confianzas pulverizadas, agonía de duda.

Y sigue… me hace seguir y seguirle.

Siempre hasta la victoria, ésa que asegura cierta.

Sueño.

Y sigo Soñando. Haciendo el Sueño.

¿Por qué,

Dios Mío

por qué?

Dedicado a God knows why, escultura de Damien Hirst.
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