Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Éramos todo lo que no debía mezclarse,
pero aún así nos arrojamos, ciegos,
como sal y pimienta en la herida abierta del destino.
Tú, con tu filo salado,
me raspabas el alma,
y yo, con mi pimienta oscura,
me deslizaba en cada grieta que dejabas al pasar.
No éramos fáciles, lo sabías.
Tú nunca buscaste la calma,
y yo jamás supe ser un refugio.
Éramos tormenta y hambre,
una sed insaciable,
ese choque violento que despierta los sentidos
y quema la garganta con cada palabra.
Recuerdo cuando tus manos,
sal en mis heridas,
me exigían que te tomara entera,
que bebiera de ti sin miedo,
y lo hacía, aún sabiendo que dolía.
Porque con cada roce, con cada roce tuyo,
me volvía más yo,
más verdad,
más carne abierta al borde del abismo.
Pero siempre hubo algo más,
ese sabor que sólo tú sabías dejar.
Era como morder el filo de la noche,
como una caricia que arde al final,
y aunque dolía,
siempre regresábamos,
sal y pimienta,
ardiendo juntos en el calor de lo inevitable.
Porque contigo nunca fue paz,
fue batalla,
fue danza de fuego y cicatriz.
Y al final,
siempre era tu sal en mi boca
y mi pimienta en tu piel,
mezclados,
perdidos en esa tormenta
donde el amor no se dice,
se vive, se muerde,
se devora.
pero aún así nos arrojamos, ciegos,
como sal y pimienta en la herida abierta del destino.
Tú, con tu filo salado,
me raspabas el alma,
y yo, con mi pimienta oscura,
me deslizaba en cada grieta que dejabas al pasar.
No éramos fáciles, lo sabías.
Tú nunca buscaste la calma,
y yo jamás supe ser un refugio.
Éramos tormenta y hambre,
una sed insaciable,
ese choque violento que despierta los sentidos
y quema la garganta con cada palabra.
Recuerdo cuando tus manos,
sal en mis heridas,
me exigían que te tomara entera,
que bebiera de ti sin miedo,
y lo hacía, aún sabiendo que dolía.
Porque con cada roce, con cada roce tuyo,
me volvía más yo,
más verdad,
más carne abierta al borde del abismo.
Pero siempre hubo algo más,
ese sabor que sólo tú sabías dejar.
Era como morder el filo de la noche,
como una caricia que arde al final,
y aunque dolía,
siempre regresábamos,
sal y pimienta,
ardiendo juntos en el calor de lo inevitable.
Porque contigo nunca fue paz,
fue batalla,
fue danza de fuego y cicatriz.
Y al final,
siempre era tu sal en mi boca
y mi pimienta en tu piel,
mezclados,
perdidos en esa tormenta
donde el amor no se dice,
se vive, se muerde,
se devora.