Évano
Libre, sin dioses.
Hoy retumba guerra en las paredes de mi sueño.
Un tumulto enloquecido grita
y se agiganta y viene por las calles
del pasado.
Hoy han vuelto al alba mis ojos de siempre,
a este mundo que nunca ha dejado de ser
un infierno.
Hoy vuelvo a ver los ojos sin alma
de los pobres niños murciélagos volando
en el eco al eco por el eco
de las voces y consignas del psicópata de turno.
Somos hijos de los hijos de los muertos,
somos hijos de capitanes de barcos negreros,
hijos de los hijos que cayeron
a
l
p
r
e
c
i
p
i
c
i
o
abierto con las palas y los picos de avaricias y egoísmos.
Hoy he vuelto a no ser el mismo
que pasea el rostro por la playa con su perro
abrazado a la brisa y al azul de un quizá.
Hoy he vuelto al adiós de un horizonte de esperanza.
Hoy he vuelto para no volver al sueño,
para no volver a mí.
Debo ir, debo quedarme, sentarme con mi madre,
mirar en su piel el paso del tiempo,
sentir el firme pedestal que Dios le ha dado:
esa silla de ruedas donde solo rueda la vida
de aquelllos que han navegado en medio
de la mitad enloquecida que se agiganta
y siempre vuelve por las calles del ayer.
Debo ir y
sentarme junto a la vida,
y esperar la llegada de los gritos al alba
de los muertos.
Un tumulto enloquecido grita
y se agiganta y viene por las calles
del pasado.
Hoy han vuelto al alba mis ojos de siempre,
a este mundo que nunca ha dejado de ser
un infierno.
Hoy vuelvo a ver los ojos sin alma
de los pobres niños murciélagos volando
en el eco al eco por el eco
de las voces y consignas del psicópata de turno.
Somos hijos de los hijos de los muertos,
somos hijos de capitanes de barcos negreros,
hijos de los hijos que cayeron
a
l
p
r
e
c
i
p
i
c
i
o
abierto con las palas y los picos de avaricias y egoísmos.
Hoy he vuelto a no ser el mismo
que pasea el rostro por la playa con su perro
abrazado a la brisa y al azul de un quizá.
Hoy he vuelto al adiós de un horizonte de esperanza.
Hoy he vuelto para no volver al sueño,
para no volver a mí.
Debo ir, debo quedarme, sentarme con mi madre,
mirar en su piel el paso del tiempo,
sentir el firme pedestal que Dios le ha dado:
esa silla de ruedas donde solo rueda la vida
de aquelllos que han navegado en medio
de la mitad enloquecida que se agiganta
y siempre vuelve por las calles del ayer.
Debo ir y
sentarme junto a la vida,
y esperar la llegada de los gritos al alba
de los muertos.